Floris Generica - Eduardo Catalano                               Buenos Aires, Argentina


  
Narcisismo primario o narcisismo originario: El trabajo del narcisismo en los grupos
Bernard Duez

La eficacia del tratamiento de las problemáticas narcisistas por los dispositivos de tratamiento psicoanalíticos de grupo, plantea el problema de la relación entre la conflictiva narcisista y la situación de grupo. A partir de esta comprobación me planteé la cuestión de saber qué podían aportar los tratamientos psicoanalíticos de grupo a la concepción metapsicológica del narcisismo, y principalmente si podían permitir avanzar en la comprensión de las dos teorías freudianas del narcisismo primario.


1915: El narcisismo primario sería una situación donde el Yo resulta para sí mismo su propio objeto.


1917: El narcisismo primario es un estado anobjetal que remitiría a un estado anterior a la constitución del Yo cuyo prototipo seria la vida intrauterina.


J. Laplanche y J. B. Pontalis (1966) ya habían señalado las dificultades que planteaba la relación entre estas dos nociones y cómo prevalecía la primera concepción en el trabajo de los psicoanalistas contemporáneos. La concepción del narcisismo como estado anobjetal permanece según ellos, muy conflictiva. En otra perspectiva A. Green (1980) ya había abordado esta problemática de la relación entre las dos concepciones del narcisismo, oponiendo un narcisismo como estructura y un narcisismo como estado.

La segunda tópica y la problemática de la pulsión de muerte, dan sin embargo una consistencia a esta noción con la tendencia al retorno hacia lo inorgánico, lo inanimado. Personalmente, a partir de mi experiencia clínica yo diría retorno hacia lo inmóvil.


La puesta a prueba del narcisismo por las condiciones de figurabilidad en los grupos

Apoyándome en la experiencia de los grupos psicoterapéuticos y de los grupos de formación, me parece que las prácticas psicoanalíticas de grupo permiten probablemente ir más allá de la oposición entre estas dos concepciones del narcisismo primario. Antes de empezar la lectura que me planteo de esta diferencia, me propongo identificar la cuestión del narcisismo en los grupos.

La situación de grupo introduce una regresión formal, los sujetos pueden ser capaces de intercambiar según las formas más regresivas, contactos, mímicas, donde lo imaginario toma una parte muy importante. Sabemos hasta qué punto es sólo al precio del mantenimiento activo del encuadre que podemos permitir el respeto de las condiciones de figurabilidad que instauran la valencia psicoanalítica del encuadre en las situaciones de grupo.

La regresión tópica, dinámica y formal

La situación de grupo introduce una regresión tópica que modifica los vínculos entre las instancias psíquicas y su eficacia simbólica para el sujeto. En 1923 S. Freud muestra como la masa y el sujeto en la masa puede pasar de un comportamiento de un perfecto salvajismo a un acto muy heroico, poniendo en evidencia el resquebrajamiento de los valores del ideal y de los principios superyoicos frente a la intensidad de las movilizaciones pulsionales.


Con más precisión aún, C. Neri (1995) insiste sobre las vivencias de despersonalización, de des-individuación que surgen en los primeros tiempos del grupo. La situación de grupo pone en juego lo que se podría denominar el narcisismo primario, sea la que sea, la versión teórica elegida.


D. Anzieu (1975) a partir de las mismas constataciones, había mostrado que “uno va al grupo como uno entra a un sueño”. Esta noción apela a un comentario que nos concierne. El dormir ha sido tradicionalmente considerado como un retorno a un estado anobjetal. El sueño por el contrario, es una situación donde por el hecho de la regresión de la pulsión, el sujeto se toma a sí mismo como objeto, retornando su sensorialidad sobre si mismo. De una cierta manera el sueño sobre el fondo del dormir reconcilia las dos teorías freudianas del narcisismo primario. D. Anzieu nos dice que: “desde el punto de vista de la dinámica psíquica el grupo es un sueño” (1975, p. 161).

La situación de grupo difiere de la situación del sueño, porque si la retracción pulsional del dormir permite al soñante convocar los trazos de sus reminiscencias que vienen a actualizarse sobre la escena del sueño, el participante de un grupo regresa por el hecho que el grupo por su dispositivo topológico induce una contigüidad psíquica equivalente a aquella que encuentra el sujeto en lo intrapsíquico. Las reminiscencias se encuentran convocadas por esta contigüidad. La similitud de las condiciones de figurabilidad provoca la retracción de las investiduras pulsionales de lo que está exterior al grupo. La importancia de los vínculos de contigüidad perturba la diferenciación entre interior y exterior, sí mismo y otro, escena, sujeto y objeto. Esta regresión formal induce una transferencia como aquella que opera en el sueño según los vínculos de contigüidad, simultaneidad diría S. Freud en la interpretación de los sueños (1900), y de similitud.

La anamorfosis (confusión) entre grupo y sueño tiende esencialmente a la saturación de los vínculos de contigüidad. Por esta saturación de los vínculos de contigüidad:

- El grupo multiplica los destinos potenciales de la pulsión en muchos integrantes.

- El grupo por la multiplicidad de destinatarios provoca un aumento de la tensión pulsional en proporciones susceptibles de amenazar al sujeto deslocalizándolo.

- El grupo al mismo tiempo trata grandes cantidades de energía pulsional y permite la difracción sobre múltiples destinatarios.

- El grupo provoca por este hecho, vivencias del orden de la inquietante extrañeza (señal de la amenaza de intrusión).


ACTUALIZACION DEL NARCISISMO EN LOS GRUPOS

El grupo induce una transferencia tópica (Duez, 1999,2000). Esta situación modifica el vínculo entre narcisismo primario y narcisismo secundario porque ella modifica la frontera imaginaria entre interior y exterior. La naturaleza de la brecha (écart) con el objeto se encuentra modificada por la pregnancia de la contigüidad. El recorrido de la pulsión se encuentra en parte modificado entre investiduras objetales y retorno secundario del narcisismo hacia el Yo del sujeto (narcisismo secundario).

Por este hecho, ella pone a trabajar la problemática del narcisismo primario. Esta situación va a volver posible una configuración que recubre las dos dimensiones del narcisismo primario: aquella del estado anobjetal a través de la desobjetalización inducida por la multiplicidad de los miembros, y aquella donde el Yo se constituye como su propio objeto a través de la constitución del grupo como objeto (J. B. Pontalis, 1963).

Al nivel del acoplamiento psíquico grupal, cuando el grupo se toma a sí mismo como objeto, nosotros nos encontramos en una situación imaginaria equivalente a la situación del Yo (instancia de compromiso) que se toma a sí mismo como objeto.


La extensión del campo de la figurabilidad por y en el acoplamiento psíquico de grupo, permite a los participantes del grupo actualizar sin riesgo psíquico mayor los niveles de regresión formal y tópico que podrían serles amenazantes e incluirlos en el encuadre de un dispositivo de cura. Estas dos formas del narcisismo primario van a determinar los dos modos de entrada en el grupo de los sujetos, según que estemos en presencia de sujetos con tendencias neuróticas o con tendencia a los estados límites.

La paradoja es que en los primeros tiempos los sujetos con estados límites parecen incluirse con más facilidad en este dispositivo que los sujetos neuróticos. Esta multiplicidad de los límites, les es de una cierta manera más familiar

El grupo con pacientes neuróticos

Primera etapa

· Ellos intentan instalarse uno al lado del otro en los vínculos de contigüidad electivos, fuertes, que solo implican un número muy restringido de participantes.

· Algunos se colocan ostensiblemente hacia atrás

· Otros alimentan entre ellos vínculos más familiares y se reagrupan un poco a distancia

· El enunciado de las consignas provoca malestar.

· Algunos sujetos cuestionan esta consigna.

· Ellos verbalizan su malestar sobre la situación, con movimientos psíquicos controlados.

· Ellos dejan claramente transparentar la dificultad en la cual se encuentran.

· Ellos tratan de encontrar un reaseguro narcisista con sus vecinos o con sus coordinadores.



Segunda etapa

Las personalidades neuróticas se sienten, a su pesar, en una obligación donde la intensidad pulsional suscitada por la multiplicidad de miembros las conducen a difractar sobre los otros, los elementos de su propia intimidad. El llamado a la libre asociación produce un efecto de sideración. Ellos viven eso como una situación de violencia, inclusive de violación, donde se encuentran obligados a exponer lo que estaba destinado, según ellos, a permanecer secreto: su intimidad. Esta situación es fuente de silencio, de malestar. El recordatorio de los principios de abstinencia asegura al grupo.

Los participantes cuestionan inmediatamente aquello de lo que quieren hablar y lo que ellos pueden callar.

Es en esta etapa que el pequeño grupo se va a constituir como objeto narcisistico común. La constitución del objeto narcisistico común permite en efecto pasar de una intimidad personal a una intimidad grupal aunque fuese ilusoria. Uno de los desarrollos es la ilusión grupal, otro es la figura del líder en la masa.


Tercera etapa

En los grupos de personalidades a predominio neurótico, vamos a ver con el correr de las sesiones, que se operan reagrupamientos mas diferenciados. El acoplamiento grupal de la tópica psíquica va a funcionar plenamente. Las diferencias eventuales entre las estructuras neuróticas de base van a ser utilizadas en el encuadre del acoplamiento grupal de las psiques. Nosotros veremos aparecer esencialmente las configuraciones topológicas del psiquismo (Duez B. 1990).

A través del trabajo de transferencia tópica vemos como las personalidades neuróticas van progresivamente a constituir un aparato psíquico grupal, abandonando a la mentalidad primitiva (Bion, 1961, tr.fr. P.U.F. 1965) el trabajo de proveer el espacio vacío necesario, para mantener una relación con los otros lo suficientemente tranquila.

La mentalidad primitiva seria el producto de esta operación realizada constantemente y sin que lo sepa el conjunto de los sujetos co-presentes. Esta mentalidad primitiva y su cortejo de ambigüedad permite desprender al sujeto de los efectos excesivamente intrusivos, ella viene a constituir un vacío anobjetal, mientras que el acoplamiento psíquico de grupo inventa el objeto narcisista común. La atención de los analistas debe entonces desplazarse sobre este fondo de silencio originario y se debe mantener suficientemente discreta. Esta discreción es la condición sine qua non para que el grupo de los otros no se vuelva amenazante para cada uno de los sujetos en su singularidad.

Grupo con pacientes con estados límites

Primera etapa

  • Cuando se deja una disposición suficientemente libre del espacio los pacientes tienden a reagruparse.
  • Ellos no dudan en desplazar los elementos (sillas u otros) en el espacio.
  • Las relaciones de contigüidad son pluri-dimensionales.
  • Ellos se reagrupan bajo formas de aglutinamiento.
  • Ellos tienden a alimentar los vínculos de contigüidad con numerosos participantes.
  • En esta situación uno o varios de ellos pueden encontrarse en una situación de expulsión.
  • Es frecuente que aquella se acompañe de violencia verbal, inclusive de tentativas de violencia física que conllevan la necesidad de llamar al encuadre.


El encuadre debe estar firmemente, pero tranquilamente planteado desde el comienzo concerniendo al principio de no intrusión del otro. Este funcionamiento aglutinación/difracción está particularmente presente. Se puede muy fácilmente observar el esbozo de un funcionamiento psíquico grupal. Esta función se construye a partir de los vínculos de contigüidad pero puede perfectamente hacer ilusión hasta el momento en que los procesos de transferencia van a tomar forma y figuración en el espacio grupal.


Después de un primer tiempo de ilusión que da la impresión de una entrada en el grupo muy fácil y muy rápida, se percibe que esta facilidad sólo era debida a la anamorfosis (confusión) entre las condiciones de figurabilidad del espacio psíquico grupal y la estructura figurativa de los síntomas de las personalidades de los estados limites. Esta línea de menor resistencia entre la estructura imaginaria del sujeto y la estructura imaginaria de los grupos viene a colusionarse bajo la forma de la ilusión grupal, supuesto básico de dependencia o supuesto básico de ataque y fuga. La violencia de los movimientos pulsionales en juego nos obliga a los analistas a mantener la tensión pulsional a un nivel lo suficientemente bajo con el fin de que los conflictos inconscientes y preconscientes permanezcan perlaborables.

Segundo tiempo

Contrariamente a la secuencia relativamente ordenada del trabajo con las personalidades neuróticas, no se puede aquí hablar de una progresión sensiblemente cronológica, las configuraciones mencionadas abajo pueden constituirse en muy poco tiempo y resolverse o disolverse. Estos pasajes operan según las descargas en los límites del actuar.

La emergencia de un líder portador de un desafío, sea con respecto de un subgrupo o sea con respecto a los analistas, es frecuente. La condensación de los destinos pulsionales sobre un líder de oposición permite hacer trizas a la exigencia de trabajo psíquico que proponen los analistas a través del dispositivo limitado de figuración que representa el trabajo psicoanalítico en los grupos.

En esta situación de grupo con estados limites, cada uno a su turno se encuentra en efecto como objeto o como intruso potencial en la dinámica transferencial con otro. Es una consecuencia de la difracción transferencial de las mociones pulsionales sobre los miembros del grupo. Progresivamente cada uno de los participantes está confrontado a un depósito transferencial de una moción pulsional sobre su persona. Poco a poco los depositarios se rebelan y la difracción no protege más a los sujetos depositantes del retorno de la pulsión sobre sí mismos. El trabajo de los analistas es frecuentemente en este momento un trabajo de demarcación y de re-atribución de la pulsión al sujeto depositante que se encuentra de esa forma protegido del retorno de la pulsión sobre su persona. Esto es aún más importante que los elementos pulsionales ya depositados sobre el miembro depositario por otros participantes, podrían volverse hacia el sujeto depositante sin que les pertenezcan estos de ninguna manera. El riesgo de emergencia de un fenómeno de inquietante extrañeza sería entonces máximo.

Otra condensación puede operarse sobre un chivo emisario. A pesar de la dificultad de administrar una situación semejante, ella no siempre es negativa y constituye frecuentemente el fondo de negatividad compartida que permite la creación de un acoplamiento psíquico de grupo. La victima”materializa” por el grupo, el fondo de negatividad radical que los sujetos temen actualizar a expensas de todos y de cada uno cuando el espacio del silencio propio al advenir de una palabra se crea en el espacio del grupo. El funcionamiento representa entonces la aniquilación del intruso que permite al yo (moi) el mantenimiento del narcisismo primario tomando al intruso como el destinatario interior de la pulsión de muerte. El intruso es el objeto “interior” de la pulsión de muerte.

Menos complejo es la aparición de un funcionamiento clivado donde toda manifestación de un subgrupo conlleva una repuesta antagónica del otro subgrupo. Vemos aquí un desvió de la reflexividad narcisística por una gestión que considera toda forma de alteridad como una amenaza de intrusión.

Una dispersión importante en el espacio (material) permite mantener por la difracción motriz una parte suficiente de ambigüedad. Esto puede acompañarse de risas o de gritos y de una dificultad de mantener el espacio simbólico del juego y la separación juego/palabra.

Asistimos a la imposibilidad de la construcción de un acoplamiento grupal de los psiquismos por el hecho de la gestión exclusiva del espacio psíquico grupal por los vínculos de contigüidad.

- contigüidad de la ambigüedad ligada a la incertidumbre de los límites,

- contigüidad de la exclusión y de la oposición donde solo la investidura por la agresividad o la destructividad parece en condición de administrar el vinculo con los otros.

Para que el trabajo opere, va a ser necesario que los analistas expresen activamente el mantenimiento del encuadre más allá de los instantes de destructividad o de las tentativas abandónícas


A diferencia con los grupos de personalidades más neuróticas, vemos aquí que la facilidad de entrar en el grupo está ligada al hecho de que este fondo de narcisismo primario permanece en un trabajo activo en estas personalidades estados límites. Esta es la razón por la cual ellas oscilan entre:

  • Negativismo (ataque), aniquilación del intruso potencial que constituye todo otro, (estado anobjetal).
  • Abandonismo (huida, borramiento real de la actualidad del intruso o de la intrusión (mantenimiento de una situación anobjetal por borramiento de la intrusión).
  • Dependencia en la que borran al intruso, constituyendo al otro como une parte necesaria de ellos mismos (el otro del yo (moi) deviene su objeto narcisista propio, es así que el yo (moi) se toma a si mismo como objeto).

Estas tres figuras de lo negativo son las trazas psíquicas del funcionamiento de las formas del narcisismo primario. Notaremos en efecto que a través de estas configuraciones grupales, una y otra forma del narcisismo primario se encuentran desplegadas.


La problemática narcisística a la luz de los modos de ingreso al grupo

Según su personalidad vemos que los sujetos no entran al grupo de acuerdo al mismo modelo narcisista primario. Podríamos decir que en el grupo neurótico, el grupo se toma a sí mismo como objeto sobre el primer modelo del narcisismo primario, mientras que en el grupo estado límite después de un tiempo fusional y ambiguo, el tiende a constituir formas anobjetales de vínculos. El proceso de entrada en el grupo muestra con evidencia que los modos de ubicación en el encuadre Real presentan evidentemente diferencias importantes y significativas en función de su personalidad.


Eso nos reenvía a las teorías de J. Bleger (1966) considerando al encuadre como el depositario de las partes más arcaicas del sujeto: el no-yo, las vivencias simbióticas, la ambigüedad. Para J. Bleger el encuadre es la metabolización de estas partes arcaicas.


Nosotros vemos aparecer una diferencia importante que podría ser la diversidad de inscripción en el narcisismo primario. La diferencia según S. Freud entre las dos teorías del narcisismo primario se debería entonces a un acontecimiento que conmueve bastante las construcciones freudianas: la primera guerra mundial. En situación de guerra el sujeto se encuentra en una situación de estado-límite donde se organiza según el primado simbólico de la relación con la muerte. La auto conservación en la situación de amenaza vital traumática opera por un repliegue hacia los vínculos de contigüidad inmediata, de una desobjetalización del vínculo a fin de aniquilar la tensión libidinal hacia el otro que se vuelve amenazante. El otro en situación de destructividad adquiere más un status de intruso potencial, Imaginario o Real que aquel del apuntalamiento libidinal de los vínculos de auto conservación. La preservación narcisística pasa entonces por la desobjetalización del vínculo.


El modo de entrada en el grupo de los sujetos estados límites parece representar, por una parte, el resultado de esta operación. El aglutinamiento construido sobre los estrictos vínculos necesarios de contigüidad aniquila mágicamente toda forma de conflictualidad. Él representa una forma particularmente significativa e indicativa de un sujeto en estado-límite, sobre todo si se observa la manera en que se resuelve y se disuelve. Uno o varios de los elementos aglutinados van a ser expulsados y adquieren la función de polos de conflictualidad a los cuales se va a dirigir la pulsión de muerte.

Ellos proveen, sin que lo sepan, un apuntalamiento a la pulsión de muerte del sujeto o del grupo que los expulsa.

EL TRABAJO DEL ENCUADRE Y LA FUNCION DE LOS PRELIMINARES

A partir de esta observación nosotros podemos decir que el encuadre no es jamás adquirido y puesto, sino permanentemente construido. Desde este punto de vista la importancia de los preliminares es absolutamente esencial. Los preliminares tienen como función evaluar la posibilidad del paciente de inscribirse en el encuadre que va a suscitar tal o cual forma de principio de organización pulsional. He mostrado como el encuadre grupal suscita un destino diferente del destino pulsional, y como la multiplicidad de participantes induce necesariamente la obligación para los analistas de plantear el principio de respeto de cada uno de los participantes.


El principio de no intrusión y la interdicción del asesinato

En términos metapsicológicos el encuadre en los grupos se funda sobre un principio de no-intrusión del otro. Nosotros planteamos esta no-intrusión del espacio psíquico según la forma que lo aparenta la prohibición del asesinato, en la medida en que el espacio de figuración es un espacio topológico de figuración. La presencia actual de otros sujetos desliga por una parte al analista de su doble función de otro y la puesta en función de Otro (El gran Otro según J. Lacan (1966). Los otros pueden ser objetos, pero también de intrusos y el testigo del Otro, el analista debe suspender la descarga pulsional, la actualización hacia el otro de la moción pulsional. Dados los vínculos de contigüidad arcaica, debemos enunciar la interdicción de la intrusión Real del otro es decir su destrucción. El otro no debe ser sometido a la aniquilación, aunque su presencia pueda parecer exageradamente excitante. Es la razón por la cual la interdicción principal del tratamiento de grupo es la interdicción del asesinato. Esta interdicción tiene que ver con el hecho de que el sujeto deberá renunciar a asimilar el grupo como un espacio psíquico anobjetal donde todo intruso debe ser inexorablemente destruido. El fin de las preliminares pivotea alrededor de un trabajo de demarcación entre Real e imaginario para que se constituya una configuración psicoanalítica.

Cuando este principio de demarcación no está operando, el supuesto básico de ataque y fuga, cuando está sobredeterminado por la situación de grupo, puede llegar a operar y puede constituirse en un encuadre psíquico de grupo; aquí nosotros nos encontramos en una situación de psicoanálisis salvaje. El trabajo del analista es entonces, mantener la conflictualidad evitando la actualización del conflicto que tiende a hacer retornar el acoplamiento psíquico a un estado a-conflictual de ambigüedad. El conflicto entre la situación de grupo y las condiciones de figurabilidad propias de todo proceso psicoanalítico, será entonces un conflicto entre la realización del deseo a retornar a un estado anobjetal ambiguo y a-conflictual por una parte y por otra parte la exigencia de mantener una obligación de figuración en presencia del otro. Esta última exigencia supone el retorno sobre sí mismo y la reapropiación de la moción pulsional por cada uno de los participantes. Desde este punto de vista la consigna psicoanalítica en los grupos provoca y llama a la constitución de la estructura reflexiva del yo. Ella impone la obligación para el yo de tomarse a si mismo como objeto.


El principio de no-intrusión y la interdicción del incesto

El grupo neurótico, por el hecho de la mayor confiabilidad de los objetos, funciona muy claramente apoyándose sobre la estructura reflexiva y narcisística del yo. Esta es la razón por la cual el grupo neurótico tiende en un primer tiempo a establecer solo contactos interpersonales entre los participantes y por otra parte con él o los analistas.

Es urgente establecer un objeto psíquico común a través de la transferencia, en el espacio psíquico del grupo, de esta función reflexiva interna. De ahí, como consecuencia, el grupo va a tender a instalarse sobre el supuesto básico de dependencia que permite el mantenimiento de una ilusión reflexiva con el otro común, es decir con el psicoanalista o el grupo de psicoanalistas. Si esta situación perdura y se estabiliza nosotros veremos que se instala una situación de ilusión grupal, eventualmente con la promoción de los analistas, como objetos narcisistas ideales. El supuesto básico de dependencia (que está sobredeterminado) va a predominar en el tratamiento y nosotros nos encontraremos en una situación de psicoanálisis salvaje. El trabajo de los analistas sobre la ilusión grupal es un trabajo de demarcación entre el Yo Ideal, el otro y el objeto. El analista se encuentra entonces en una situación de intruso que obliga a la diferenciación y que incita al grupo a reconocer la marca del intruso en el corazón de la ilusión generalizada. Al fin de estas preliminares, nos encontramos con un trabajo de demarcación Imaginario de los sujetos entre ellos para que se constituya una configuración psicoanalítica.

Ese trabajo que reenvía a cada uno a su singularidad, conocerá eventualmente de parte del grupo un nuevo giro y un nuevo destino a través del supuesto básico de pareja. El vínculo de pareja se vuelve el ideal de la reflexividad narcisista y el objeto potencial de pareja deviene objeto común, el objeto por advenir, el Mesías que permite al grupo conservar una completud narcisista. Lo anterior muestra la persistencia de esta forma de comienzo narcisista en grupo. La evolución se juega entonces en la diferenciación operada en la representación del destino de la libido entre seres singulares.

Durante el tiempo de ilusión grupal es frecuente que los analistas se vean conducidos a recordar que no estamos ahí para vivir situaciones de satisfacción pulsional, pero sí para comprender aquello que pasa entre nosotros aquí y ahora. Esto nos reenvía a la interdicción del incesto como lo muestra la emergencia de la idea mesiánica (el niño divino monstruoso es el niño que ha nacido fuera de las leyes: el niño del incesto y por lo tanto aquel de la completud absoluta, más allá de la diferencia de los sexos y de las generaciones). A menudo es esta interpretación sobre la renuncia pulsional en el encuadre de la ilusión grupal, que conduce al supuesto básico de emparejamiento. Es frecuente que la interpretación sobre la renuncia pulsional, es decir la aceptación de la renuncia pulsional común por cada uno, deje al descubierto la transferencia de la ilusión en el porvenir, lo cual le permite al grupo desprenderse de ella.

Las configuraciones psicoanalíticas

La hipótesis de W. R. Bion que considera que la cura sobredetermina el supuesto básico de apareamiento se encuentra aquí completamente articulada con la situación clínica. La cura sobredetermina el supuesto básico de apareamiento por la figurabilidad reflexiva que introduce la realidad binaria. La superposición sobre el analista de las dos funciones del otro (el otro y el gran Otro) induce necesariamente un acercamiento discreto del encuadre, sobre una forma del proceso primario, aquel donde el Yo se toma a si mismo como objeto. De una cierta manera esto constituye un metaencuadre (J. Bleger, 1966) de la cura, que en gran parte permanece discreto y desconocido.

El entrecruzamiento de las teorías de J. Bleger y aquellas de W. R. Bion conduce necesariamente a un cierto análisis, que explica porque los estados límites tienen una gran dificultad de inscribirse en un dispositivo potencialmente demasiado amenazante por el exceso de excitación libidinal que el introduce. Cuando yo pude tratar a estos pacientes en la cura, fue siempre al costo del análisis de la intertransferencia (R. Kaës, 1993) entre mis propios grupos internos (R. Kaës, 1975, 1993) a los cuales el paciente intentaba destruir o inmovilizar.

Si aceptamos estos análisis de las entradas en grupo en función de la calidad de las personas que están presentes, la especificidad del dispositivo grupal, es entonces la de llevar a cada uno de los pacientes a depositar en el encuadre del dispositivo grupal su encuadre imaginario y principalmente la manera narcisista por la cual éste se adapta él mismo. Vemos como la apuesta de las identidades de pertenencia (J. C. Rouchy, 1990) se encuentra convocada, y como el grupo permite por la difracción de la transferencia que protege de los excesos de la moción pulsional, hacer aparecer las formas extremadamente arcaicas de las configuraciones psíquicas. El posicionamiento específico de los psicoanalistas en los grupos permite metabolizar estos funcionamientos psíquicos tan amenazantes en el espacio del tratamiento.

Antes de intentar retomar las consecuencias metapsicológicas sobre la teoría del narcisismo, quisiera ilustrar lo que acabo de decir a través de un tratamiento de niños en el umbral de la adolescencia, y donde es posible ver funcionar casi espacialmente la forma de comienzo de los grupos con estados límites y su transformación.

Problemáticas narcisistas a partir de un psicodrama con preadolescentes

El grupo inicial

Comprende siete niños al fin del periodo de latencia (aproximadamente doce años) presentando todos graves problemas de comportamiento y de personalidad.

Un niño, muestra un mutismo extra familiar. En el curso de las entrevistas preliminares, nos pareció probable que este mutismo fuera ciertamente para él una manera de callar la naturaleza perversa de las relaciones entre sus padres.

Otro niño, emigrado del Maghreb, cuyos padres, en particular la madre, esperan de él que sea el héroe que permita al grupo familiar integrarse en la sociedad francesa.

Otro joven presenta importantes problemas de comportamiento y de aprendizaje en el marco de una familia con grandes dificultades sociales, entre otros con problemas de alcoholismo recurrente.

Una niña tiene una gran inhibición alternando con crisis de duración variable y comportamientos de robo. Sabemos por las entrevistas preliminares que la familia ha estado marcada por varios fallecimientos, separaciones y a continuación a estos fallecimientos, un nuevo casamiento entre cuñado y cuñada.

Una niña de las antillas presenta problemas de obesidad psicógena. La familia nunca volvió a reencontrar su equilibrio desde su llegada a Francia. El padre ha presentado un episodio delirante atípico. Su hermano tiene dificultades de comportamiento. La madre está sumergida por los acontecimientos y busca desesperadamente un apoyo. Esta joven de trece años estuvo siempre presente en los momentos del comienzo del psicodrama grupal, pero no ha continuado después.

Una niña muestra una importante inestabilidad y sus padres habitan en la misma casa que los padres de su madre.

A un joven, sus padres no quieren decirle que el ha sido adoptado.

El desarrollo de las sesiones

Recibiremos a los jóvenes una vez por semana, después de las entrevistas previas individuales, que cada uno de los niños ha tenido con los terapeutas. Les proponemos un periodo de prueba preliminar de cuatro semanas. Durante las cuatro primeras sesiones, los chicos tomaron el hábito de agruparse bajo la mirada de los terapeutas, ellos se apretujaron los unos con los otros. En el curso de las tres primeras sesiones, la joven de las Antillas se vuelve poco a poco silenciosa, no le surgen ideas, llega tarde y se coloca aparte del grupo. Ella juega de esa manera, sobre la ambigüedad de este tiempo de prueba, no logra hablar, no logra llegar a hora, y no logra jugar con los otros. De hecho, ella no logra integrarse a este grupo y estar ahí. Ella no volverá al final del tiempo de prueba, diciendo en la última sesión de prueba que no sabe si va a continuar.

Informamos al grupo de su partida. El día de ese anuncio, la sesión fue poco productiva. Los jóvenes vuelven a la semana siguiente y están, los unos con los otros, mas apretujados que lo habitual. A nuestra invitación de inventar una historia, ellos se reagrupan prácticamente cabeza contra cabeza. Escuchamos susurros, interjecciones inentendibles, luego todos de acuerdo, en un conjunto espléndido, se dan vuelta hacia nosotros y nos dicen: vamos a jugar a los tres chanchitos. Les pedimos entonces que nos cuenten una historia. A continuación desarrollan el relato, bastante fiel, del cuento de los tres chanchitos. La primera dificultad se sitúa en la imposibilidad de encontrar un lobo. Nadie quiere ser el lobo, inventan entonces roles anexos, jardinero, granjero vecino, que agregan a la historia y que ellos se los apropian inmediatamente para no ser el lobo. Finalmente un voluntario acepta ser el lobo.

El juego se desarrolla por fin, se va a repetir casi en forma idéntica en las siguientes sesiones. El lobo llega, destruye la casa de paja. Presa de pánico en el juego, el primer chanchito se precipita literalmente en los brazos del segundo chanchito, el de la casa de madera. Ellos se apretujan el uno con el otro. Después de esfuerzos muy grandes el lobo logra igualmente destruir la casa. Los dos pequeños chanchitos huyen para refugiarse en la tercera casa, agrupándose otra vez con el tercer chanchito, el de la casa de ladrillo.

Aunque el objetivo (la tercera casa) ha sido bien ubicada en el espacio del psicodrama, se puede notar que en el momento en que huyen, los niños se dispersan corriendo en forma totalmente divergente, en todos los recovecos de la habitación. El lobo llega a la tercera casa, pero rehúsa terminar la historia según el final previsto de caer en la marmita. Nosotros volvemos a hablar de la historia con los chicos, ellos concluyen que no la actuaron muy bien y que habrá que recomenzarla la semana siguiente.

Percibimos muy claramente que ellos están confrontados, por una parte a una imposibilidad frente a lo que representa esta figuración de la devoración, pero por otra parte, nosotros pudimos discernir momentos fugaces de auténticos instantes de pánico/placer en el juego de la persecución.

Evolución del grupo de psicodrama

Este juego se va a repetirse incesantemente durante varios meses, el tema va a ser el mismo, pero muy lentamente por muy pequeños toques a la historia y al estilo, va a evolucionar. El primer cambio concierne a la ocupación del espacio. El lugar donde se juega está delimitado por sillas ubicadas una al lado de otra. En los primeros tiempos, los niños bajo el efecto del pánico traspasan regularmente el espacio de juego, y debemos recordarles sin cesar los límites de ese espacio de juego. Un día se produce un acontecimiento, un niño tropieza, cae y se golpea contra las sillas. Es el momento en que “el lobo” se dirige a devorarlo, se desliza bajo las sillas y utiliza la delimitación de los pies de la silla como un túnel bajo el cual se desplaza arrastrándose para escapar “del lobo” que se acerca amenazante. Este acto fallido, del deslizamiento del chico, va a proveer durante numerosas semanas una variante topológica y las carreras se van a acompañar indefectiblemente de movimientos de reptación bajo las sillas. Estos momentos se vuelven un continente imaginario del juego.

Poco a poco la figuración del lobo cambia, no está más cargado de terror y uno le tiene lástima al que va actuar de lobo. El lobo no es más el intruso portador del espanto pero se vuelve un elemento variable, en función de actor en la constancia de la historia.

La repetición del juego será ella misma investida. A lo largo de estos juegos intervenimos muy poco. Los escasos pedidos a los analistas, de parte de los niños, se limitan a dejarlos en roles anexos de testigos (granjero lejos en los campos, un perro durmiendo). La repetición de esta historia, semana tras semana, hace perder progresivamente su status de historia y de contenido de la sesión, ella se vuelve un todo global, una escena (continente) sobre la cual vienen a agregarse en el curso del juego de las invenciones, como lo fue la invención de la huida entre las patas de las silla. La repetición de lo idéntico se vuelve progresivamente un soporte de un elemento nuevo: lo encontrado.

La función de constancia, que confería la intimidad universal del mito, tenía como función garantizar los reencuentros comunes. Esta función muta progresivamente como lo testimonian las variaciones progresivas de la historia, en el relato o en la improvisación. La parte mítica se fija como un telón de fondo al mismo tiempo que aparece de manera progresiva y más constante las diferencias individuales, los agregados que ellos aportan. Hasta el lobo se permite de vez en cuando fantasías aparecen las manifestaciones libidinales de la oralidad, por ejemplo: el lobo cae en una marmita que tiene el contenido de cosas ricas (hace como que estuviera lamiendo la olla) y los chanchitos dicen que el lobo podría echar a perder el contenido de la marmita y lo persiguen por esta razón. La evolución de la situación, muestra que el efecto terapéutico de la situación esta ligado al hecho de jugar en nuestra presencia la repetición de la historia.

Nuestras intervenciones para mantener el encuadre van escaseando. Al fin de la sesión, nuestro comentario sobre las modificaciones de la historia es más escuchado.

Sin embargo, poco a poco, la solicitación con respecto a nosotros en tanto que objeto potencial aparece con más precisión. Un deslizamiento se opera: las persecuciones bajo las sillas tienden a desaparecer; nosotros vemos aparecer vínculos entre los chicos que ya no son más vínculos de proximidad y de contigüidad, sino que son vínculos de ayuda mutua que suponen la instauración de un trabajo de identificación. Por ejemplo, cuando el chanchito huye del lobo, no se precipita en la nueva casa, que da seguridad como si atravesara mágicamente los muros. El lobo se detiene efectivamente sin intentar devorar a su victima. El chico que busca socorro hace como si le abriera la puerta y la cerrara nuevamente, luchando contra el lobo. El encuadre imaginario de la casa toma una consistencia de naturaleza simbólica, que le confiere una eficacia simbólica (C. Lèvi-Strauss, 1958).

Progresivamente los juegos se diferencian, se personalizan, toman su estilo y su lugar. Son los niños mismos que van atribuyéndose roles periféricos o que permanecen como espectadores. La presencia de niños como espectadores muestra claramente la asunción de la dimensión anobjetal del narcisismo como continente silencioso, imbricando la meta de la pulsión de muerte, el retorno a lo inanimado, como elemento constante en la escena subjetiva.

El momento de cambio se produce cuando en el curso de una sesión, van a demandar al terapeuta que ellos perciben como el principal, ser el lobo, y esta vez autorizándose hasta el fin de la pulsión van a devorarlo en la marmita. El júbilo que sigue, al mismo tiempo que el respeto escrupuloso del como si, muestra la conquista del apuntalamiento libidinal con el otro. El otro, no es más un intruso, él es también un otro interior, el otro interior del Yo con el cual es posible jugar. El terapeuta se vuelve entonces un objeto narcisista compartido por el aparato psíquico grupal.
 

Las funciones transformacionales en acción

A través de estas sesiones repetitivas que han durado varios meses, estos niños con grandes sufrimientos y presentando grandes desfallecimientos narcisistas, prepararon la puesta en escena de movimientos transformacionales que metabolizan la devoración lúdica del terapeuta. La pulsión oral puede expresarse con respecto al terapeuta sin amenazar con destruir el encuadre, es decir sin que el encuadre ponga en juego un enfrentamiento destructivo y de desobjetalización del otro. Esta sesión abre un nuevo tiempo de psicodrama donde los chicos van a poder ubicarse en el acoplamiento grupal de las posiciones subjetivas, sobre un modelo más neurótico, y llegar a inscribirse como agentes de este acoplamiento psíquico. Esta sesión representa el retomar de un movimiento, que existe desde el comienzo de este trabajo de psicodrama, y que se traduce por las inversiones contenido/continente desde la partida de la niña hasta la devoración imaginaria del terapeuta. La oralidad viene a dar cuerpo a otra problemática, aquella del tratamiento de la intrusión y del intruso, mostrando como la imbricación pulsional de la Pulsión de Muerte asegurando una constancia escénica al sujeto, abre el campo subjetivo al objeto, a la relación de objeto y al otro.

La negatividad por ausencia, puesta en acción en la huida o en los excesos pulsionales que tuvimos que contener inicialmente, se encuentra nuevamente aquí, pero apropiada y simbolizada. La renuncia a la aniquilación del otro se encuentra puesta en escena a través de esta “comida totémica”, porque está perfectamente actuado y con gran aporte de elementos que apuntan a conferir una veracidad a la situación. Según el pedazo devorado, los gestos se acompañan de “mmh… delicioso” o “puaj, voy a escupirlo”, poniendo muy bien en escena la emergencia libidinal abierta por la metabolización de la interdicción de la intrusión del espacio del otro[1].

Nosotros tenemos aquí una observación que, en muchos aspectos, reencuentra los comienzos en el grupo de las personas con estados-límites. De una cierta manera, estos niños pasan de una organización estado-límite a una organización de tipo neurótico donde el Yo, gracias al otro interior del Yo, puede por si mismo devenir su propio objeto.

Lo intimo-Universal: mito, fantasías originarias y fantasías

En esta inversión contenido/continente, potencializada por la estructura escénica del psicodrama, tenemos una ilustración muy precisa de la reflexión de S. Freud (1909): la forma es el precipitado de un contenido más antiguo.

Los chicos inquietos frente a esta situación desconocida, confirmados en su inquietud por la partida de la joven, van a transformar la actualidad de su inquietud en el personaje activo del lobo, apoyándose sobre los atributos reales del objeto perdido (gordo, negro, devorador). El trabajo alrededor de la partida de la chica es ejemplar, un acontecimiento Real interior al grupo, va a venir a servir de encuadre imaginario a este grupo. Las propiedades del objeto interno desaparecido, proveen los elementos indiciarios que van a infiltrar el encuadre histórico que ellos nos proponen. Este pasaje de la función contenido a la función continente, le confiere imaginariamente una función de actualización de las vivencias de deprivación

En tanto que sujeto ausente:

Ella anima el mito por su ausencia

Ella da una palabra singular al encuadre simbólico universal del mito.

Ella da la palabra al metaencuadre silencioso.

A través de los índices “reales” (gordo, negro devorador) pegados por contigüidad en el encuadre imaginario de la historia, ella está presente en el silencio.

Ella es la trama dramática de la historia.

Ella actualiza el encuadre imaginario de los participantes, aquel de la ausencia, de la privación, inclusive de la agonía.

Ella actualiza los restos mnémicos de las experiencias del vínculo con el otro, cuando el es incapaz de proveer un encuadre suficientemente confiable: una casa que no sea destruida por la violencia de la excitación pulsional.

El mito de los tres chanchitos mantiene la ambigüedad suficiente durante largos meses, para que la conflictualidad pueda constituirse entre los participantes sin ser excesivamente peligrosa.

El mito de los tres chanchitos protege a los sujetos de las vivencias singulares de angustia y de agonía ligadas al desfallecimiento del continente imaginario de cada uno de los niños.

El mito provee una escena transformacional universal que presenta los elementos indiciarios comunes para recordar la amenaza de la pérdida por la ausencia.

El mito provee una escena que por su universalidad difracta la amenaza y la vuelve soportable a los sujetos con estados-límites, marcados profundamente por las rupturas.

Se da al cuento y al mito la tarea de tratar lo Real. El mito es un intimo-universal que viene a suplir los desfallecimientos transformacionales de la fantasía, cuando el narcisismo originario no pudo instaurar un fondo de constancia suficiente. El mito reemplaza al fantasma originario. En el caso presente, para no ser muy amenazante, la pérdida está depositada sobre un representante universal de la destructividad: el lobo, el mismo integrado en un meta-continente: el mito de los tres chanchitos. Tenemos aquí un pasaje típico que conduce hacia una expresión social y antisocial de los síntomas. Por su generalidad, el mito trata aquello que el desfallecimiento narcisistico del sujeto singular no puede tratar. Cuando lo Real vuelva a tomar su parte traumática, es al grupo social portador del mito que se dirigirá el sujeto con estado-limite, basculando así el lado antisocial.

Si hubiéramos interpretado el mito en términos de devoración o de oralidad, habríamos despojado al mito de su función continente y habríamos reintroducido el exceso de excitación en el interior mismo del dispositivo. Es de esta manera que muchos de los tratamientos psicoanalíticos conducidos sobre el modelo de la comprensión neurótica, que interpretan el continente mítico en términos de contenidos fantasmáticos, provocan el pasaje al acto de los sujetos en tratamiento. La comprensión de una tal escena implica en efecto otro modelo que el incremento de la libido infantil y su sutura provisoria en el Edipo. Implica el modelo del complejo de destete y el complejo de intrusión (J. Lacan, 1938) a lo cual volveremos.

Por su dimensión de Intimo-Universal, ell mito permite a los sujetos, mantener una forma de ambigüedad suficiente que facilita el mantenimiento de la conflictualidad sin que ella degenere en conflicto entre los actores de un grupo social. El mito permite una transferencia discreta de los grupos internos de un sujeto, en el campo social, al mismo tiempo que permite a las personas implicadas en el conflicto, desconocer la dimensión transferencial o proyectiva. De la misma manera, la ambigüedad mantenida por la universalidad del mito, permite a los participantes imaginar que los analistas también son contenidos en este mito y así en la transferencia. Desde este punto de vista la ambigüedad puede estar presente en la transferencia y la transferencia en la ambigüedad.

La utilización del mito, en tanto que fantasía, evita la confrontación de las situaciones a la vez traumáticas e instituyentes, que constituyen el encuentro de las tres formas del otro en los tres grandes fantasmas originarios: el intruso en la seducción, el otro en la castración, el otro del otro (El gran Otro) en la escena primitiva.

La función transformacional de las Fantasías Originarias está delegada en este mito social. Estamos en presencia de un disfuncionamiento, que no es la problemática del narcisismo secundario, y sí la del narcisismo primario, y al cual el mito social le viene a aportar su reemplazo.

Procesos y figuras del narcisismo originario

La antinomia narcisista

La inversión contenido/continente típica de la precipitación del contenido en continente cuestiona nuestras concepciones del encuadre. Ella permite relanzar la cuestión alrededor de las dos teorías del narcisismo primario según S. Freud. Las formas de entrada en grupo, como el resumen de las sesiones arriba mencionadas, constituyen los ejemplos paradigmáticos que muestran como el grupo se confronta necesariamente a estas formas del narcisismo primario. El grupo que trabaja alrededor de la historia de los tres chanchitos muestra como se produce una evolución. El nos muestra porque las teorías del narcisismo primario según S. Freud no son totalmente consistentes entre sí.

Falta en efecto un tercer término que es el término transformacional, aquel de la negatividad y del intruso que justamente las problemáticas narcisistas tienden siempre a evacuar para mantener la unidad de lo uno.

En las problemáticas narcisistas, se trata de eliminar toda forma de conflictualidad.

  • Sea sobre el modo de la tendencia narcisista donde el Yo mismo es su propio objeto: El Yo seria Uno y el Mismo[2]. La conflictualidad es evacuada en el entorno en el sentido más general del término.
  • Sea sobre el modelo de la tendencia narcisista hacia lo anobjetal y el retorno a un estado de ambigüedad no conflictual.

Las sesiones de psicodrama por la extensión que ellas confieren al espacio psíquico, muestran con evidencia que esas dos formas de narcisismo son solidarias. El aporte de los grupos nos muestra que no se trata de oponer las dos concepciones y de concluir a la mayor pertinencia de una teoría con respecto a la otra. Estas dos teorías son la fotografía instantánea de fases de un mismo proceso. Para concebir el proceso es necesario introducir un tercero y el trabajo necesario de la negatividad. Este trabajo psíquico grupal pone en juego en el vínculo el desvalimiento originario, que vuelve al bebé humano radicalmente dependiente del otro para su propia supervivencia. La negatividad se abriría en este espacio incierto entre el estado de impotencia y la excitación intrusiva que produce en el niño el cuidado que el otro le prodiga para su supervivencia.

Las sesiones de psicodrama dan cuenta de una cierta manera de este trabajo de la negatividad. Puede pasar desapercibido si uno aborda este trabajo exclusivamente del lado del objeto, pero no puede pasar desapercibido, si lo abordamos del lado de la escena donde adviene el objeto. Podemos comprender como la forma de la escena lleva las marcas de esta primera negatividad, vemos como los chicos van a intentar intricarla, en la escena y en el encuadre, la parte de negatividad o de negativismo que los desborda (maltrato de los elementos indiciarios, que simbolizan materialmente las casas, reptación bajo el túnel de las sillas, devoración del terapeuta).


La operación narcisista y la función del intruso

Esto me conduce a considerar el narcisismo primario no como un estado que habría que atravesar, sino como el trabajo de oscilación constante del sujeto entre la constitución de la instancia reflexiva del Yo como otro único, y por la tentativa de aniquilación de toda intrusión, sea por la restricción pulsional que conduce a la inmovilidad radical (Principio de Nirvana), sea al destino de esta destructividad radical hacia el lugar de la intrusión. La constitución del intruso en la psique, se vuelve entonces el elemento instituyente de la subjetividad. El intruso comporta en efecto, por una parte los elementos que son ligados a aquello que el Yo construirá como objeto (principalmente en la oralidad), y por otra parte de los elementos percibidos pero que permanecen ambiguos. A diferencia del objeto, y más aun del objeto permanente con el cual el sujeto mantiene un vínculo de reencuentro el sujeto se encuentra en el mismo lugar, pero no puede encontrarlo por el hecho de su constancia Real. Frente a estos elementos que pertenecen a lo Real del sujeto, el trabajo de direccionamiento de la destructividad no puede operar. El sujeto se encuentra obligado a difractar sobre un conjunto de elementos. Son esos elementos constantes, pero poco investidos, que el grupo actualiza y que provocan estos efectos de despersonalización o de des-individuación donde los sujetos neuróticos pueden encontrarse en un primer tiempo, tomados por sorpresa.

La consecuencia de la operación del narcisismo originario es que al mismo tiempo el sujeto va a destinar hacia el intruso la destructividad para aniquilar el exceso de excitación y por otra parte la consistencia y la resistencia del intruso o de ciertos intrusos va a obligar al sujeto a conformar al intruso como un objeto que tranquiliza.

El sujeto constituye así un otro interior, familiar al Yo. La relación con la figura del lobo y su evolución muestra este cambio.

Por el contrario, la huida y la utilización de la materialidad del encuadre parecen mostrar el movimiento de repliegue. Nosotros estamos del lado de lo que, desinvestido de la energía psíquica está constituido en un vínculo llamado anobjetal, estamos del lado de la escena de los continentes, del fondo silencioso. Las pequeñas cantidades de energía permiten depositar ahí las vivencias más arcaicas y más intrusivas de las dimensiones no-yo, sin que éstas se vuelvan amenazantes. Cuando el intruso no resiste a la destructividad y no puede constituirse como objeto, el se encuentra difractado en los elementos ambiguos de la psique, los elementos desinvestidos y reinvestidos por la excitación se vuelven exageradamente amenazantes y intrusivos.

El recorrido topológico que efectúan los chicos en el espacio de la sala, muestra con evidencia una tentativa de apoyarse sobre el fondo escénico ahí donde se gerencian pequeñas cantidades de energía. Nuestra presencia tranquila les permite encontrar y pensar, que las descargas ligadas a vivencias de intrusión, figuradas por el exceso pulsional que representa el lobo, van a poder depositarse en ese fondo escénico e intrincarse y ser tratadas así con quantum de afecto suficientemente bajos para no ser amenazantes.

Estos movimientos son índices preciosos para comprender los fundamentos del no-proceso narcisista. Yo hablo aquí de no-proceso en el sentido que J. Bleger dice que el encuadre es un no proceso, un proceso inmóvil. No habría entonces un estado anobjetal, solamente si consideramos este estado anobjetal como un proceso narcisista inmóvil.


La escena narcisista

La parte anobjetal del narcisismo primario, sería entonces, la parte del proceso que correspondería al movimiento de negatividad, que retiraría los quantum de energía del vinculo con el entorno. Correspondería al retorno sobre lo inmóvil y sobre el fondo escénico. En las sesiones correspondía al grupo en estado-límite, a la inmovilización de los chicos bajo las sillas, acurrucados ante los ataques del lobo sobre los elementos materiales que simbolizan el espacio de la casa; aglutinación entre ellos, en los primeros tiempos antes del trabajo de diferenciación por la función simbólica que llama a la historia. Cuando esta operación de negatividad tiene éxito, ella va a fundar el silencio del mundo fantasmático, el fondo silencioso, el lugar donde la repetición opera constantemente y discretamente sobre las pequeñas cantidades de energía permitiendo al sujeto sentirse bien cuidado, tranquilo, no amenazado. Cuando el vínculo y el lugar se encuentran en presencia de grandes cantidades de energías pulsionales, el sujeto se va a encontrar disociado por el intruso, preso por la forma más radical de la destructividad, porque la intrincación pulsional se va a encontrar amenazada. Este proceso negativo, inmóvil, es el fundamento de lo que yo denomino obsenalidad. La función de la relación de obsenalidad (B. Duez, 2000) consiste en tratar la intrincación (pulsional) entre estos polos de la conflictualidad, inventando un sistema (de conflictualidad) suficientemente constante y estable entre estos polos, así como la relación de objeto (la objetalidad) trata los modos de ligazón al objeto.

La obsenalidad funda entonces el encuadre imaginario del sujeto, el no-Yo. El no-Yo provee la matriz del Yo sobre el modo siguiente: el no-Yo está ahí, donde grandes cantidades de energía psíquica no pueden ser investidas sin riesgo de encontrarse confrontadas con los estados de desvalimiento (detresse) radical, por el hecho de la potencialidad intrusiva de todos los elemento psíquicos que son depositados ahí.

El no-Yo es la parte abandonada a la ambigüedad por la anobjetalización del vínculo. Así como S. Freud (1915) había perfectamente presentido en Pulsiones y Destinos de Pulsiones que lo que se opone al mismo tiempo al amor y al odio es el vínculo, el más compartido con los semejantes que no nos son familiares: el vínculo de indiferencia. El vínculo de indiferencia es la transcripción imaginaria de la ambigüedad. Es aquel que permite al sujeto no estar permanentemente desbordado por la multiplicidad de los investimentos pulsionales potenciales, inherentes a toda situación colectiva. Es de esta multitud indeterminada que puede siempre emerger la intrusión antes que ella tome forma en la figura del intruso.


El intruso como núcleo del Yo

La figura del intruso está en el centro de la constitución del Yo. Desde un trasfondo de indiferencia va a emerger una imagen fuerte o imágenes más peligrosas, porque ellas se hacen presentes frecuentemente. El Yo se va a constituir como instancia de gestión de la conflictualidad inducida por estas figuras, ellas van a constituirse bajo la forma del intruso antes de ser investidas bajo la forma del objeto y del otro. El Yo se constituye en referencia a la constitución del intruso, como lugar donde el intruso no puede y no debe advenir. La función del Yo es de administrar el vínculo con el intruso y de constituirlo como objeto y como otro. Como el no-Yo es el continente secreto del Yo, el Yo es el continente secreto del intruso actualizado bajo la forma de objeto interno y de otro interior. La puesta en escena de la devoracion representa el domeñamiento del intruso, que va a permitir al sujeto administrar el vinculo con el otro según el principio de la ligazón y de la relación de objeto (Bindung) y no más, según el principio de la intrincación pulsional (Mischung). Ahí donde está el no-intruso, está el lugar donde el sujeto puede pertenecerse a sí mismo.


La parte traumática de lo Simbólico

Si admitimos esta hipótesis por obligatoria que ella sea en cuanto a la exigencia de trabajo psíquico a la cual nos confronta, nos damos perfecta cuenta del hecho que el inconsciente no conoce la contradicción, que no existe contradicción en la negatividad, a lo máximo existen oposiciones, vínculos de contigüidad entre sensaciones, imágenes y afectos. Estos elementos serán activamente mantenidos juntos en un estado de no actualización pulsional que protege al psiquismo de la intrusión por los otros. Es por la dimensión no actual del vinculo, que el sujeto se confrontaría al encuentro con el otro. Si nosotros aceptamos que las formas de lo negativo sean los retoños imaginarios y simbólicos de esta negatividad originaria, se vuelve evidente que es por la confrontación de lo negativo del otro y lo rechazado del otro y su traducción simbólica indicada por la negación, que el sujeto accede a lo Simbólico.

Volvemos a encontrar aquí la posición de J. Lacan con respecto a la función estructurante que tendrá el complejo de intrusión, por el hecho que la inscripción del sujeto en el orden Simbólico, se hace fundamentalmente sobre un modo traumático. La función traumática del acceso a lo Simbólico, se explicaría por el hecho de que es bajo la forma del intruso representando lo rechazado del otro, que el otro adviene como sujeto.

Esto explicaría también que el encuadre psíquico imaginario del sujeto sería el

no-Yo (J. Bleger, 1966), sedimento estructural de este primer encuentro traumático con lo simbólico en el otro y también la necesidad de la interpretación violenta (P. Aulagnier) que permite al infans dependiente constituir al otro como intruso. La interpretación violenta seria una puesta en sentido de lo rechazado del otro intrusivo por el sujeto intrusor.

Esta concepción permite dar una consistencia a las dos grandes formas de configurabilidad psicoanalítica. Las apuestas de obsenalidad y sus efectos de intrusión, que se estructuran y se metabolizan en el contrato social de la interdicción del asesinato, así como las apuestas de los destinos objetales de la pulsión se estructuran en el contrato social de la interdicción del incesto. Lo mencionado anteriormente se volverá a encontrar en las dos grandes formas del trabajo psicoanalítico.

La cura construida sobre el modelo princeps de la relación parcial con el objeto que condensa la transferencia, el destino pulsional sobre el analista como figura del doble imaginario y que es regida por la primacía simbólica de la interdicción del incesto.

La práctica psicoanalítica de grupo que difracta la transferencia de los destinos pulsionales sobre la pluralidad de los participantes, está regida por la primacía simbólica de la interdicción del asesinato.



El narcisismo primario y la ruptura de su paradoja

La teoría del narcisismo primario sería una traducción mítica historizante, incluso ideológica, cuando ella se fija en una creencia teórica de un proceso negativista constante y silencioso que permite mantener la constancia de la escena, donde el Yo podrá volver a encontrar los objetos. Se comprende entonces la vacilación freudiana entre estas dos formas de narcisismo que representan las dos formas manifiestas de este proceso narcisista latente y constante. Dada la estructura y la función de esta operación, sería probablemente mucho más conveniente hablar de narcisismo originario.

Concebido como yo lo propongo, el narcisismo originario es una operación transformacional que resuelve para siempre los elementos necesarios de la conflictualidad psíquica: el sujeto, el Otro, el Yo, el otro, el objeto, el intruso, la escena y la constitución de las complejidades Imaginarias y Simbólicas donde está inscripto antes mismo de existir, y donde se inscribe antes de instaurarse simbólicamente.

Encontraremos a través de estos elementos, las marcas de la experiencia traumática e instituyente de la inquietante extrañeza imaginaria del sujeto bajo los efectos de lo simbólico.
 

Traducción del francés realizada por Ezequiel Alberto Jaroslavsky


Notas:

[1] La interdicción de la intrusión se estructura definitivamente con el contrato narcisista tal como P. Aulagnier (1975) lo definió: “A cambio de tu renunciamiento a tomar a los miembros de nuestra familia como objeto de tu deseo (deseo libidinal o deseo de muerte) nosotros te garantizamos un lugar donde tu no serás mas amenazado en tu ser” Vemos como esta sesión es la simbolización del primer tiempo fundador de este contrato narcisista con el retorno de la destructividad en libido. El objeto nace en el odio. [volver]

[2] Retomo aquí voluntariamente las célebres fórmulas presocráticas de Parménides en la vía de la verdad, el ser es y el no ser no es….El ser es Uno y el Mismo. Este pensamiento representa sin duda, una de las mas antiguas preconcepciones en el pensamiento occidental de la constitución de lo individual y de la puesta en trabajo de la problemática de la constitución narcisista del sujeto.
[volver]


BIBLIOGRAFÍA

Anzieu D. 1975, Le groupe et l’inconscient, Paris, Dunod.

Aulagnier P. 1975,La violence de l’interprétation, Paris, P.U.F.

Bion W.R. 1961, Recherches sur les petits groupes, tr. fr., Paris, P.U.F. 1965.

Bleger J., 1971, Le groupe comme institution et le groupe dans les institutions in Kaës R. et al. L'institution et les institutions, études psychanalytiques, tr. fr., Paris, Dunod, 1988.

Bleger J. - 1975, Symbiosis y ambiguëdad,, Buenos Aires, Editorial Paidos, tr.fr. 1981, symbiose et ambiguïté, Paris

Duez B. 1988, Topiques dans l'espace, Perspectives psychiatriques, 12, P.127-132.

Duez B. 1995, Destins des figurabilités corporelles: psychodrame avec des adolescents antisociaux, Revue française de psychothérapie de groupe, 25, 83-93.

Duez B. 2000, la solitude de l’autre et le transfert topique, Cahiers de psychologie clinique, 14, pp 67-85

Duez B. 2000, L'adolescence: de l'obscénalité du transfert au complexe de l'Autre, in J.B. Chapelier et al. Le lien groupal à l'adolescence, Paris, Dunod.

Freud S. 1900. L'interprétation des rêves, tr.fr. Paris, P.U.F., 1970.

Freud S. 912-3, Totem et tabou, tr. fr., Paris, Payot, 1970.

Freud S. 1914, Pour introduire le narcissisme, tr.fr. in la vie sexuelle, Paris, P.U.F., 1969.

Freud S. 1915 (a), Pulsions et destins des pulsions, in La métapsychologie, tr. fr., Paris, Gallimard, 1968.

Freud S. 1923, Psychologie collective et analyse du moi Essais de psychanalyse, tr. fr. Paris, Payot, (1966).

Freud S. 1925, "La dénégation", in Résultats, idées, problèmes II, tr. fr.,., Paris, P.U.F.,1985.

Freud S. 1925-6, Inhibition, symptôme et angoisse, tr. fr., Paris, P.U.F., 1968.

Green A.1966-67, Le narcissisme primaire: structure ou état in A. Green Narcissisme de vie, narcissisme de mort, Paris, Editions de minuit, 1983.

Kaës R. 1976, L'appareil psychique groupal, Paris, Dunod.

Kaës R. 1989, Le pacte dénégatif dans les ensembles transsubjectifs in Missenard A. Et al. Le négatif figures et modalités, paris, Dunod.

Kaës R. 1993, Le groupe et le sujet du groupe, Paris, Dunod.

Kaës R. 1994, La parole et le lien, Paris, Dunod.

Lacan J. 1938, Les complexes familiaux, in autres écrits, réédition, Paris,, le champ freudien éditions du Seuil, Paris, 2001.

Lacan J. 1964, Le séminaire XI: les quatres concepts fondamentaux de la psychanalyse, Paris, Seuil, 1973.

Lacan J. Ecrits Paris, Seuil, 1966.

Lacan J. L'étourdit, Scilicet, 4, 5-52.

Lévi-Strauss C.1958, L'anthropologie structurale, Paris, Plon.

Neri C. 1995Le groupe, manuel de psychanalyse de groupe, Paris, Dunod

Pontalis J.B. 1965, "Le petit groupe comme objet", in Après Freud, Paris, Gallimard, 1968.

Rosolato G. 1984, Destin du signifiant, Nouvelle revue de psychanalyse,

Roussillon R. 1991, Paradoxes et situations limites de la psychanalyse, Paris, P.U.F..

Winnicott D.W.1951, Objets transitionnels et phénomènes transitionnels, in De la pédiatrie à la psychanalyse, tr. fr., Paris, Payot,1969.

Winnicott D.W. 1956(a), «La tendance antisociale» in De la pédiatrie à la psychanalyse, tr. fr., Paris, Payot , 1969..
 

Bernard Duez

Psicólogo-psicoanalista; profesor de psicopatología y psicología clínica Centre de Recherches en Psychopathologie et Psychologie Clinique, Institut de psychologie Lyon 2. Francia