Floris Generica - Eduardo Catalano                               Buenos Aires, Argentina


  
La elaboración del tiempo genealógico en el ámbito de la terapia familiar psicoanalítica
Evelyn Granjon

La cuestión de la transmisión psíquica se debate con Freud pero se instala desde la Antigüedad. Ella parece haber encontrado en estos últimos años, un nuevo desarrollo en psicoanálisis y numerosos trabajos le han sido dedicados, particularmente aquellos concernientes a la articulación de la realidad psíquica del sujeto singular y de la realidad psíquica del grupo.

Después de algunas experiencias erráticas en la búsqueda de una causalidad de ciertas manifestaciones psicopatológicas, es hacia la transmisión de la vida psíquica que se dirigen las investigaciones, orientadas a la continuidad, la sucesión y la articulación de la vida psíquica – incluso del inconsciente – entre los espacios y tiempos singulares y grupales.

La inscripción del sujeto en una «cadena» de la cual él es un «eslabón» y a la cual está sujeto, la estructuración del sujeto singular y su desarrollo psíquico en relación con aquello de lo cual se constituye heredero y que le es transmitido, su pertenencia a un grupo y las necesarias formaciones intermediarias que articulan los diferentes espacios psíquicos del sujeto y del grupo: todos estos interrogantes como también otros, abordan la cuestión de la transmisión e implican «la precedencia del sujeto por más de un otro» (como lo dice René Kaës) y la necesidad para él de ser heredero obligado, beneficiario pero también adquirente, incluso creador de aquello que le ha sido transmitido.

Pero nuestra prehistoria no es siempre del pasado y la genealogía, a veces, entremezcla los tiempos y los espacios, se equivoca de generación, se repite, confunde los sujetos. Y ciertos ancestros, se sabe, perturban la vida de sus descendientes.

 

Hablar de la transmisión, es hablar del tiempo que se fue. ¿Pero de cuál tiempo? ¿Aquél de cada uno o aquél de todos en conjunto? ¿El tiempo de antes, el tiempo presente, el tiempo por venir?

San Agustín tenía una concepción considerablemente interesante del tiempo: «Hay, decía, tres tiempos: un presente de cosas pasadas, un presente de cosas presentes y un presente de cosas futuras; el presente de cosas pasadas es la memoria, el presente de cosas presentes es la percepción directa y el presente de las cosas futuras es la espera». Esta concepción de un « presente-compuesto » nos interesa y no puede ser alejado de la atemporalidad del inconsciente.

A veces, la organización del «presente-compuesto» para un sujeto o para muchos en conjunto se encuentra perturbada, genera déficit y esto concierne a la transmisión. Cada uno, pero también cada grupo, tiene en efecto por tarea, a través de experiencias múltiples y novedosas, el construir, organizar y transformar ciertas herencias no elaboradas, dejadas en el mismo estado y que, por las repeticiones anacrónicas que impone el inconsciente, infiltran el presente. Este es el trabajo de la psique.

Cuando esta tarea individual o grupal es imposible, el trabajo psicoanalítico por  establecer aparatos psíquicos apropiados, busca reestablecer la organización de los tres tiempos del presente y retomar la elaboración. Este es el proyecto de la Terapia Familiar Psicoanalítica (TFP).

Yo les propongo partir hacia la clínica de las TFP y aquello que, en este espacio privilegiado nos sorprende, nos interroga, sobre lo que nosotros nos proponemos frecuentemente y que parece surgido de otro lugar y de otro tiempo.

El material movilizado y que se pone de manifiesto en la escucha de las familias en las curas de  TFP es a veces incongruente, conmovedor, inhabitual en relación con otros tipos de curas, poco clásicas en todo caso. Nosotros tenemos acceso a ciertos aspectos, ciertas zonas hasta aquí desconocidas del inconsciente, y en el presente – compuesto de las sesiones es solicitada la puesta a disposición de nuestros propios  “archivos familiares”. Esta particularidad de la TFP está en relación con las cuestiones planteadas por la «transmisión de la vida psíquica»;  nosotros vamos a intentar poner algunos jalones.

La TFP podría ser el lugar donde se va a re-elaborar, o simplemente a elaborarse, aquello que del pasado no se puede re-presentar. Nada de nuevo ya que de hecho el psicoanálisis insiste en  explorar el pasado para encontrar una explicación de lo que sucede después, pero aquí, este trabajo concierne a una familia.

 

Después de haber abordado algunos aspectos de la transmisión psíquica entre las generaciones, en su relación al grupo familiar y a los sujetos que lo componen, y en función de los diferentes momentos de este proceso, intentaremos señalar la utilización que la familia ha hecho del grupo de TFP y de los terapeutas, como lugar de acogida y de depósito, de repetición y a veces de elaboración de ciertas formaciones surgidas de la transmisión psíquica efectuada en negativo; nosotros nos detendremos finalmente sobre el trabajo específico de y en la contra-transferencia para este tipo de material. Las viñetas clínicas esclarecerán los diferentes puntos.

 

 

ALGUNAS PRECISIONES

 

Pero antes les propongo algunas precisiones concernientes a ciertas nociones para comprenderlas. Se trata: del grupo familiar; de la indicación de una TFP; del grupo de TFP.

 

El grupo familiar

 

l.    Este no es un grupo como los otros, es necesario recordarlo. Su especificidad hace a su estructura (vínculos de alianza, vínculos de filiación, de fraternidad) y a la puesta en juego de sus fundamentos. Su organización, sus funciones y su finalidad (que es la de perpetuarse) funda un grupo particular, calificado de primario.

 

2.    La situación de grupo de la familia define un espacio psíquico complejo, compuesto por las instancias intrapsíquicas de cada uno movilizadas por la situación de grupo y las formaciones  y procesos específicos de la inter y de la trans-subjetividad. La articulación y la apropiación de estos diferentes espacios psíquicos heterogéneos pueden ser pensadas a partir de la hipótesis del Aparato Psíquico Grupal (APG) de la familia, o Aparato Psíquico Familiar (APF). Este espacio psíquico compuesto y complejo define su envoltura con sus funciones de constitución y de elaboración, envoltura que permite que se organice un espacio y un tiempo propios. Constituido a partir del encuentro y de la alianza de la pareja, ésta halla su origen en la genealogía de los dos partenaires a partir de los agujeros, las fallas, de lo fallido de la filiación de cada uno, aquello que nosotros hemos llamado la envoltura genealógica familiar.

 

3.    La realidad psíquica del grupo familiar y de los sujetos que lo componen, las formaciones y los procesos del inconsciente que son movilizados, se despliegan y se constituyen en este espacio están en relación con las características de este grupo. La familia implica la noción de generación e impone la bisexualidad. Las particulares alianzas, pactos y contratos inconscientes por los cuales se organizan los vínculos del grupo son allí determinantes, en el grupo familiar más que en ningún otro grupo, por la necesidad de la continuidad generacional de la cuál la familia asegura un «pasaje obligado»

 

4.  El proyecto del grupo familiar es el de transmitir la herencia psíquica adquirida y fundadora de cada uno y del conjunto, y la de perpetuarse prosiguiendo la vida más allá de los muertos, conservando su identidad, su «alma», esto es así gracias y a través de las generaciones y las alianzas. Es decir que la cuestión de la transmisión psíquica es central en el grupo familiar y concierne a cada uno y al conjunto en las relaciones generacionales y grupales. La familia es el lugar y el aparato de la transmisión psíquica (como lo precisan Françoise Aubertel y Francine Fustier).

 

5.  Finalmente, la existencia de cada uno en el grupo familiar es fundada sobre el lugar ofrecido y tomado en la cadena de las generaciones, en relación con los que lo han precedido y que no están más, están muertos, en una herencia que hay que administrar, adquirir y transmitir, y todo ello depende seguramente de su posibilidad de desempeño en este lugar.

 

6.   La vida de la familia está salpicada de momentos críticos como son los nacimientos, las muertes y las partidas pero también todo cambio impuesto tanto desde el interior como del exterior y aún con mayor motivo por los acontecimientos traumáticos.

Estos momentos críticos suscitan los reagrupamientos, los cambios no habituales (numerosos secretos son develados ante la ocasión de un fallecimiento, por ejemplo) y la transmisión de objetos familiares concretos, a menudo sólo residuos cargados del peso de la historia, pero no del sentido. Los numerosos rituales familiares que acompañan y contienen estos momentos críticos ayudan a nivelar la conmoción emocional y aseguran el re-apuntalamiento de cada uno y de todos juntos en los mitos de los orígenes. Estos momentos fundan las fechas y marcan la historia de la familia.

 

 

Indicación de TFP

Todo lo que nosotros acabamos de recordar pone en evidencia las relaciones que existen entre transmisión psíquica y disfunción del aparato psíquico familiar (APF) sobre el cual no me detendré más. Este disfunción se manifiesta en los niveles intersubjetivos (problemas de la relación y de la comunicación), intrapsíquicos de cada uno o de varios miembros de la familia, y transpsíquica (parte común e indiferenciada del grupo); se trata antes que todo de una patología de los vínculos, la que se expresa en signos de «sufrimiento familiar»:

- pérdida de la cohesión familiar o relación fusional con confusión de espacios psíquicos;

- abolición de los límites y las diferencias (patología de las envolturas e indiferenciación);

- faltas o déficit de las formaciones intermediarias entre el grupo y los sujetos del grupo;

- perturbación de la cadena asociativa familiar, con censuras, rupturas, discurso operatorio, a-fantasmático;

- pérdida de la memoria y de la historia o de partes de la historia pudiendo llegar hasta el fantasma de auto-engendramiento, con telescopaje o inversión de las generaciones;

- y diversos síntomas individuales somáticos y/o psíquicos, uno de los sujetos del grupo «se ofrece», de algún modo, a hacerse cargo en nombre de todos, de la imposible articulación entre los sujetos y el grupo. Nosotros conocemos esos signos del «sufrimiento familiar» lo que nos lleva a plantear una indicación de TFP.

 

El grupo de TFP:

 

Yo terminaré estas precisiones con algunas reflexiones sobre el grupo de TFP.

 

1.   Nosotros vamos entonces a proponer constituir un grupo terapéutico con el grupo familiar. Lo que yo he propuesto llamar el «neo-grupo». El grupo de TFP es él también un grupo particular constituido por la familia y los terapeutas. Es a la vez un grupo primario con sus vínculos específicos, y un grupo secundario con un doble nivel de afiliación:

- aquel de cada uno de los participantes (miembros del grupo familiar y terapeutas) para con el grupo constituido;

-aquel de grupo a grupo (familia y grupo de los terapeutas). Se propone un grupo, al grupo familiar.

Se trata de un dispositivo grupal complejo y de una alianza terapéutica realizada sobre dos filiaciones: aquellas de la familia, aquella de los psicoanalistas. Los dos niveles de afiliación representan quizás lo bigeneracional y lo grupal en el grupo, y es seguramente sobre ello que van a apuntalar y a construir la brecha intergeneracional y el Aparato Psíquico Familiar (APF). Es en este espacio que se ponen en marcha las condiciones de un trabajo terapéutico fundado sobre la escucha psicoanalítica de la cadena asociativa que se desarrolla en el neo - grupo.

Así, proponer una TFP, es proponer una situación grupal a la familia y a cada uno de sus miembros, y poner a actuar las condiciones de un trabajo psicoanalítico tal como ha sido precisado en otras partes. El dispositivo grupal complejo del neo-grupo permite que advenga y se realice una experiencia específica del inconsciente en relación con lo puesto en juego al momento fundacional del grupo. El encuadre de la TFP selecciona, privilegia ciertas formaciones y ciertos procesos psíquicos, y nos confronta a las alianzas inconscientes del grupo. Entre todos estos elementos movilizados se encuentran particularmente aquellos procedentes de la transmisión psíquica.

 

2.  El proyecto terapéutico permite allí a cada uno ser sujeto en el grupo y sujeto del grupo perteneciendo como miembro de la familia. La especificidad de la escucha psicoanalítica en esta situación y en estas condiciones permite de entrada el trabajo de formaciones de la transmisión psíquica, las cuales han sido aportadas por cada uno de los participantes, así como aquellas aportadas por la familia, cuyos efectos se manifiestan en el espacio y los vínculos del neo - grupo.

El grupo de terapia va entonces a asegurar continuidad y cambio para cada uno de los participantes y para el conjunto, en el orden de la transmisión psíquica, de lo que hace al déficit, de lo que falta, de lo que aliena, de lo que no puede ser inscripto – continuado y cambiado, restituido como posible por lo intermediario del contrato terapéutico y por los vínculos transferenciales. Es el destino de lo negativo de la transmisión que está en juego lo que se ha transmitido pero no ha podido y aún no puede ser transformado. La TFP puede así aparecer como un proceso de re - apuntalamiento grupal.

Lo que está depositado y/o puesto en juego en este espacio psíquico grupal, fundado sobre un encuentro y un «impensé» (impensado) puesto en eco de cada parte y entre los otros, va a poder beneficiar los procesos psíquicos grupales y particularmente los procesos de transformación, de mitopoiesis, favoreciendo la elaboración y circulación fantasmática en el interior del grupo, necesarios para los procesos de individuación.

 

 

 

LA TRANSMISIÓN PSÏQUICA

 

La abordaré desde el punto de vista de la transmisión, de lo heredado.

 

La transmisión

 

La transmisión psíquica entre y a través de las generaciones está en relación con el  mito del progreso, uno de los mitos fundadores y fundamentales de nuestra sociedad, señalando la continuidad y la evolución para cada individuo y para cada conjunto de la sociedad.

Tradiciones y culturas aseguran en parte la continuidad de una generación a la otra, la evolución progresiva, en cambio, concierne más particularmente a la transmisión psíquica. ¿Cuáles son las modalidades?

 

l.   Transmitir, es hacer pasar un objeto, un pensamiento, una historia, los afectos… de una persona a otra, de un grupo a otro, de una generación a otra. Esto implica que lo que es transmitido y recibido de uno hacia el otro, es lo que se desvía y liga entre el «transmisor» y el «receptor», recibido y apropiado por el adquirente, incluso lo heredado, pero también eventualmente modificado de aquello que se ha transmitido en función de los intermediarios  susceptibles de intervenir en esta transmisión. El sujeto es beneficiario, heredero, servidor obligado, pero también adquirente singular de aquello que se le ha transmitido.

 

Se trata de un trabajo psíquico que concierne al sujeto singular y al grupo. Los procesos de la transmisión implican las ligaduras a y entre los diferentes niveles intrapsíquicos e intersubjetivos por lo intermediario del grupo, de los agenciamientos y emparejamientos de las formaciones psíquicas movilizadas que favorecen las transformaciones, todo lo cual conduce a una diferenciación, una evolución entre lo que es transmitido y lo que es heredado y después adquirido. Este trabajo permite a cada generación situarse en relación a las otras, inscribe cada sujeto en una cadena y un grupo o grupos, funda su propia subjetividad, constituyendo su historia y convirtiéndolo propietario de su herencia. La transmisión psíquica intergeneracional es un trabajo de ligaduras y de transformaciones.

Pero todo este trabajo puede faltar y la transmisión psíquica puede entonces ser alienante y no estructurante; lo que es transmitido sin desvíos ni ligaduras, sin transformación, atraviesa las generaciones y se impone en estado bruto a los descendientes. Nosotros tenemos que interrogar las formas, los procesos y efectos de la transmisión inconsciente a partir de las manifestaciones demarcadas en el espacio de la cura de la TFP.

 

2.   Hay una «urgencia» por transmitir (René Kaës). Yo diría una obligación por transmitir, en relación con la continuidad evolutiva de una generación a la otra, lo que permite a cada una no partir de cero, y a cada una llegar en la vida, ocupando lugar en la sucesión de uno y de muchos otros, con una herencia: lo que implica la noción de progreso.

Una generación no puede existir sin aquella que la precede y debe crear otra a fin de perpetuar la Vida más allá de su desaparición. Pues es ante todo la Vida lo que hay que transmitir y lo que hace a la urgencia imperiosa de este trabajo. Sin contar que, desde hace tiempo, nosotros sabemos que lo que no puede ser albergado por un sujeto o un grupo es «confiado» a otro u otros, es decir transmitido.

Así pueden ser definidas dos modalidades de la transmisión psíquica, transmisión intergeneracional, donde el pasaje de una generación a la otra se acompaña de una modificación de lo que es transmitido; y transmisión transgeneracional, donde lo que es transmitido no puede beneficiarse de modificaciones que permitan su integración psíquica.  «Lo que tu has heredado de tus padres, nos decía Goethe, a fin de poseerlo, adquiérelo.» Pero a veces nosotros no podemos adquirir lo heredado de nuestros padres y tenemos una carga que no podemos poseer.

Nada puede escapar de ser transmitido bajo una forma u otra. Alguna falta, alguna transgresión, alguna muerte, algún delito, con su carga de culpabilidad y de vergüenza, no pueden ser abolidos; obligado a ser transmitido e incluso con los impedimentos, las interdicciones, los mecanismos de defensa que ellos suscitan y que son utilizados para evitar que sea conocido, sabido o dicho lo que habría debido no ser, lo que fue traumático. Es decir los acontecimientos que han hecho irrupción en un momento dado de la historia, por efracción de las para excitaciones psíquicas individuales y grupales, poniendo en jaque a las formaciones y procesos susceptibles de metabolizarlos, de volverlos pensables, de integrarlos en una psique y en una historia.

 

3.  Lo que será entonces transmitido será la huella de lo que ha pasado y no ha podido ser pensado, con su cortejo de espanto, de vergüenza y de prohibiciones. Se trata allí de:

- transmisión transgeneracional, a través de las generaciones y no entre las generaciones;

- violencia de este tipo de transmisión impuesta, arrastrando la alienación del sujeto que se encuentra cargando una parte no explicitada y no accesible de la historia de otro;

- transmisión directa, sin ligadura, sin espacio de traspaso y de transformación, correspondiente a una continuidad sin modificación, por repetición de los acontecimientos vividos;

- transmisión de formas psíquicas negativas, en el sentido de irrepresentables o irrepresentadas, con su función desligada y alienante, viniendo a romper la asociación individual y grupal. Es el aparato de transformación de la familia que falta o que está puesto en falta, afectando al sujeto singular y la intersubjetividad del grupo.

Es esta modalidad de la transmisión psíquica, la transmisión transgeneracional, la que va a retener nuestra atención. Ella concierne, ya sea a los objetos susceptibles o en vías de formación y que pueden beneficiar este trabajo hecho por el grupo familiar heredero; ya sea de los objetos no transformables, en busca de un lugar cerrado, de un continente, de un receptáculo de la clase de cosas en sí, no ligadas, no inscriptas, enquistadas u encriptadas, elementos forcluídos, denegados, clivados.

Cuando un acontecimiento tiene potencialidad traumática viene a entorpecer o a impedir un proceso de integración armoniosa, crea lagunas, inclusiones, criptas en la psique referida. Este «pasado silenciado» o «mantenido bajo secreto», estos «vestigios sin sentido » de un acontecimiento inaceptable están fuera del alcance de un trabajo psíquico, pero van a molestar la psique del sujeto y del grupo, permaneciendo en estado bruto, condenados a la repetición y ofrecidos a las identificaciones del niño con la secreta esperanza que aquél, heredero y suplente narcisista, pueda hacer ese trabajo que hizo falta.

Pero está señalado que transmitir es más importante que lo que es transmitido, y  lo que se encontrará en la descendencia es lo indecible, lo impensable, el proceso del secreto más que su contenido.

 

4.  Lo que pasa de una generación a otra en una modalidad negativa puede aparecer algunas generaciones después bajo la forma de enigmas, de lo impensado, de signos; como favorecer la construcción de los “contenidos de negativos” familiares. Fantasmas, criptas, secretos, significantes a veces, pero también pactos y contratos fundadores de alianzas y vínculos contenedores de negativos, los que bien o mal aislados y cercados amenazan el funcionamiento psíquico de los sujetos y del grupo, contenidos que permiten y favorecen la transmisión de sus contenido negativo. Y es a veces este trabajo de construcción de contenidos que el grupo de TFP va a deber hacer.

Pero ciertos síntomas individuales también pueden tener esta función, el sujeto portador alivia así a los otros y al grupo. ¿Quién se va a constituir en heredero de esta carga? ¿Quién hará de eso su destino, el ver su propio fin y por qué?

Constituirse heredero de esta herencia negativa implica también que el sujeto sea invitado, propuesto, incluso impuesto y que entonces si él no puede modificarlo, transformarlo, hacerlo suyo, se aliena y renuncia, en parte o totalmente, a su propia subjetividad. Allí se sitúa una interrogación fundamental concerniente a la transmisión psíquica: ¿qué es lo que impide al sujeto adquirir aquello que le es legado?

 

Así especificadas las dos modalidades de la transmisión psíquica (inter y transgeneracional), diría que la clínica nos induce a pensar que aquella, no es en verdad jamás totalmente pasiva, sino “en mosaico”, como lo propone André Carel, y que hay siempre un trabajo mayor o menor de reconstrucción en el pasaje de una generación a la otra. Lo que es transmitido por una generación será recibido por él o los hijos en el entramado de las identificaciones y en el entretejido complejo de los vínculos familiares que vienen a modificar aquello que es transmitido. Ciertos elementos pueden ser impuestos a los descendientes, pero aquellos van siempre a tener que adquirirlos en función de numerosos factores en relación con su desarrollo y su lugar, salvo en ciertos casos extremos como en el autismo donde el niño puede identificarse totalmente con el negativo transmitido (nosotros retornaremos sobre este punto).

La mayor parte del tiempo, un trabajo de transformación va a modificar más o menos lo que es impuesto – transmitido al niño, pero este trabajo puede ser incompleto, inacabado, parcial o pervertido.

 

 

Herencia

 

La cuestión de la herencia, de lo que es adquirido o de lo que impone la transmisión, está en el centro de la vida psíquica familiar e individual, desde el momento originario, inscripto en las fundaciones y los fundamentos de la psique de cada uno de sus miembros y del grupo.

 

Del lado del niño


La transmisión obliga, impone a cada uno desde el nacimiento, cuáles serán las modalidades, constituye la malla de una cadena generacional y lo asigna a un lugar que le es ofrecido por el grupo que lo recibe. Heredero de lo que se teje y de lo que es sacrificado en los vínculos de alianza de sus padres, el hijo, beneficiario de la investidura narcisística de aquellos, asegura la continuidad del conjunto y adquiere la posibilidad de su propia subjetividad. Es a ese precio, nosotros lo sabemos, que él podrá existir, se constituirá psíquicamente como sujeto del inconsciente y sujeto del grupo (recuerdo aquí sucintamente los términos de “contrato narcisista” que propone Piera Aulagnier, y los trabajos de René Kaës). Lo que es ofrecido al niño, en los términos del contrato de vida, lo que es propuesto, es un lugar a tomar y una carga a asumir que le permiten adquirir este lugar que lo funda. Eso que él asume es asegurar la continuidad del ser – conjunto de la familia, haciéndose heredero de esta parte sellada en el pacto de alianza, el “pacto denegativo”, heredero de la “Caja de Pandora” que tiene por función contener y mantener fuera de alcance ciertas puestas negativas de la transmisión psíquica desde la alianza y para lo suyo propio del grupo familiar.

La distancia necesaria para la individuación depende así de los pactos inconscientes del grupo familiar sobre lo que debe ser mantenido escondido o no pensado. Es una prohibición grupal que está en la cuna psíquica donde el sujeto se desarrolla.

Estos «contenidos de negativos» son indispensables para que el sujeto advenga y se desenvuelva como sujeto del grupo. Sus construcciones y sus respetos corresponden a las primeras etapas del trabajo de transformación a cargo de los herederos. A falta de aquello, si el niño aparece como el revelador de algunos de esos negativos, el riesgo de quedar apresado por desconocimiento, en lo irrepresentable familiar.

Entonces, entre las nociones y las instancias psíquicas que pasan sin cambios de una generación a la otra, allí está lo que tiene una función estructurante para la psique del niño, se trata de instancias como el Superyó o el Ideal del Yo, o bien lo que entra en la estructura de los contratos y de pactos fundadores de los vínculos. Pero allí también está lo que atraviesa las generaciones y se impone a los herederos que le han perdido el rastro y son incapaces de comprender el sentido.

En eco a esta «obligación de transmitir» que nosotros hemos evocado, sería necesario hablar de la capacidad innata para captar los mensajes transmitidos que parece tener el recién nacido, y que favorecería la transmisión de una generación a la otra. ¿El niño es normalmente “telépata” como lo sugiere D. Dumas? ¿Y ciertos niños son más dotados que otros, más “sensibles” como dicen los padres, para captar, heredar los “mensajes” inconscientes? Habría así una obligación de heredero, vital para el niño, en eco  con la obligación de transmitir.

Toda relación con el niño, desde el primer instante y durante toda su evolución, es infiltrada de mensajes más o menos comprensibles, de lo cual algunos no tienen significación que pueda ser comprendida desde los padres. El niño es envuelto pero también bombardeado de mensajes de todo orden. Algunos responden a su espera y búsqueda de sentido, otros no encuentran sentido sino más tarde, otros permanecerán enigmáticos, incomprensibles, significantes enigmáticos (J. Laplanche) los que son impuestos al niño y de los cuales él deviene el depositario, el heredero obligado.

¿Que va a poder hacer el niño en particular con esta parte heredada negativa que le incumbe?

Sostenido por su dependencia y su apego indispensable a sus padres, en su “preocupación” por ayudarlos, de aliviarles tomando a su cargo este  peso imposible, el niño con un costo que le cuesta, va a procurar hacer cualquier cosa aceptable para conformarlos y cumplir su misión. Pero todo depende, seguramente, del momento de su desarrollo psíquico en que se opera la transmisión, como se genera en la relación padres – hijo el encuentro el niño y la herencia negativa y si esta herencia concierne a uno solo o a los dos padres en su conjunto.

Desde el nacimiento y aún durante el período fetal, los « mensajes » son dirigidos al niño, pasando por la relación educativa, los cuidados, la forma de llevar y ocuparse del bebé, como también las palabras, la voz…, y el niño captura tomando todo lo que se le presenta. Una parte de lo incomprensible y de lo desconocido va a infiltrar las «respuestas» cargadas de sentidos aportados al niño en los mensajes personalizados donde la mano de obra principal es la madre, pero cuyo mentor es la familia.

¿Qué hará el niño en este período precoz de su vida con aquello que no puede tener sentido para él? Él puede, ya sea guardarlo y constituir sus inclusiones, ya sea buscar incansablemente comprender, intentar sin cesar encontrarle un sentido a lo que no le pertenece. Pero es en este caso donde el riesgo es mayor: si la herencia negativa es demasiado importante o muy invasora para un niño cuyo psiquismo no ha podido aún fundarse, aquel puede correr el riesgo de identificarse al negativo, con lo que no puede elaborarse y que su venida al mundo ha revelado. Por contrato y para liberar a sus padres, el niño se va a constituir a sí mismo  «contenedor de negatividad»; él es totalmente o parcialmente lo negativo, él es lo impensado, lo impensable, lo irrepresentable, alienado a lo transgeneracional y obligado a ser  desde que él toma el lugar y no la carga de lo que debía ser tomado, de lo que no podía ser dicho ni pensado.

El niño no es más el heredero, poseedor de la Caja de Pandora sobre la que tiene la carga de transmitir, pero que deviene su contenido al negativo. El secreto familiar, la amnesia, el silencio, lo no dicho, corresponden entonces al enigma de su nacimiento. Es lo que he tratado de evocar con la noción de « contrato psicótico » fundador del autismo y de las psicosis del niño.

A título de ejemplo, yo podría hablarles de Constellation, esta pequeña hija que hablaba la lengua de las estrellas, totalmente incomprensible y sin embargo tan bella en su música y sus sonidos. El embarazo había sido acortado, «amputado», decía la madre quién daba  la impresión de una niña «no terminada», con un sentimiento de impotencia y de «vacío». Era la cuna la que había quedado vacía después del nacimiento, dejando a la madre desolada. Cuando la niña pudo finalmente estar en su familia, algún tiempo después, un acontecimiento vino a marcar la vida familiar: la muerte brutal del perro aquél al que todos estaban tan apegados. La niña, quién justo allí parecía tener un desarrollo normal, hizo una regresión severa con los signos de autismo a continuación de las convulsiones. Pero es en el curso de un largo trabajo de TFP que aparece el fantasma del abuelo paterno  hasta allí olvidado, muerto brutalmente, cuando el padre tenía cinco años y a quien habían dicho “que él estaba en el cielo”. Constelación, a través de la incertidumbre de su llegada al mundo, había sido invitada a ocupar un lugar vacío y había recibido en crudo el identificarse con ese contenido negativo dejado por un duelo imposible.

 

Mas tarde, es por la vía de las identificaciones primarias iniciales, las edípicas después, que van a infiltrarse los mensajes negativos de la transmisión transgeneracional. El niño va a recibir ese material con otros procesos de identificación y lo pone en relación con lo que él ha ya construido.

Pero recordemos que las perturbaciones en el establecimiento de los procesos simbólicos del niño están en relación no tanto con el contenido negativo del mensaje sino con la imposibilidad de los padres de elaborarlo; lo que va a ser transmitido es lo indecible, lo forcluído, lo clivado que puede tocar el conjunto del psiquismo del niño en la medida en que es el familiar quien le transmite.

Los acontecimientos más dolorosos no son los más alienantes; por el contrario todo acontecimiento podrá ser traumático y alienante para los descendientes si éste no puede ser elaborado, si es transmitido sin que los efectos que suscita puedan ser tolerados, sin que un pensamiento sobre este acontecimiento venga a contenerlo y a representarlo.

Lo que es así “confiado” al niño, requiere poder ser elaborado por el o los padres, por lo tanto no le es “dado”, pero es depositado en él. El niño no puede poseerlo puesto que aquello pertenece aún a los ancestros, a los padres, constituyendo una zona de alienación entre el niño y los padres, que sólo la construcción de un “continente de negativo” liberará lo marcado: esa podría ser la función del síntoma. Y ciertos síntomas, en efecto (inhibición, problemas de aprendizaje o de atención, dificultades de pensamiento…), pero también depresiones, fobias, angustias o temores inmotivados, así como problemas de comportamiento, de conducta o accidentes, parecen a veces corresponder a los efectos o a las tentativas en ciertos sujetos, de gestión y de “puesta en forma” de una herencia transgeneracional. Estas manifestaciones resisten a un trabajo de psicoterapia individual y parecen a veces estar en discordancia con un buen funcionamiento psíquico del sujeto portador. Otros se obstinan aún en realizar un trabajo obligado y sin sentido y pasan su vida tratando de hacer nacer o de hacer vivir fuera de ellos lo que ellos creen les pertenece y que puede ser su herencia transgeneracional. Todos nosotros conocemos tales historias de célebres creadores.

Este exceso de carga en la herencia, este mandato de lo imposible o esta falta de contrato son la ocasión de sufrimientos narcisistas intensos dónde la parte no puede ser tomada solamente por el sujeto singular sino en relación con el conjunto.

 

 

Del lado del grupo familiar

 

El niño no es solo heredero de la transmisión transgeneracional. El grupo familiar se ofrece también como un lugar privilegiado de depósito y elaboración del material negativo de la transmisión psíquica. Diferentes modalidades de acogida del grupo son posibles, las que yo no desarrollaré aquí.

Convengamos que según sea el estado y el nivel de elaboración, los elementos negativos pueden ser dispersados, difractados en el espacio grupal, errantes, infiltrando y atacando los vínculos intersubjetivos y la envoltura grupal, o constituyendo zonas de silencio, suscitando sentimientos de vergüenza, “vehículo de lo inconfesable” como lo propone Pierre Benghozi, compartido por el conjunto del grupo. Ellos pueden así ser contenidos, encerrados, delimitados en sus cajas de secretos, desde formas vacías o desde fantasmas, volviendo más difícil el acceso a un trabajo de develamiento y de sentido; pero este tiempo de construcción de contenido de negativo, si es aún insuficiente, permite una objetalización del negativo, un pasaje, una transmisión positiva. La transmisión  de contenidos de negativo se hace según las modalidades de transmisión intergeneracional.

Así, esquemáticamente, a la tercera generación, ciertos silencios, no dichos, duelos imposibles después de un pasaje por las modalidades de transmisión transgeneracional y un tránsito por la generación precedente, van a beneficiar las construcciones psíquicas envolventes, y serán contenidas, encerradas, incluidas en los contenidos de negativos, para después transmitirlas según modalidades más objetales. Continentes repletos de vacío, de nada o de pedazos dispersos y sin sentido de un acontecimiento olvidado del cual se ha perdido el contexto; cuidado que será él o ellos quienes abrirán la Caja de Pandora!

Estos elementos negativos y fuera de texto deberán entonces reencontrar un contexto que los reciba, una otra historia y un otro tiempo donde se podrá decir eso que fue sacrificado. Esta es una de las funciones de la TFP.

Así se puede imaginar que la transmisión de la vida psíquica es susceptible de “bloqueos”, de fallas, de “averías”, de retenciones. Pero esta obra puede en todo momento ser retomada, las formaciones negativas pueden ser movilizadas, en ciertas situaciones grupales en particular, y el trabajo de transformación puede ser retomado en ciertas condiciones. Y este es nuestro proyecto en TFP.

 

 

LA TERAPIA FAMILIAR PSICOANALÍTICA

 

Espacio terapéutico y genealógico


La situación y las condiciones de la TFP fueron que este grupo, el neo-grupo, pueda ser un lugar de depósito, de recuperación, de representación y de transformación del negativo de la transmisión psíquica. Nuestro trabajo es el de señalar ese material y favorecer en ese espacio la recuperación de la elaboración de un “presente – compuesto”. El trabajo psicoanalítico en el grupo es el de restituir a cada uno la parte de la cual el grupo lo ha hecho depositario, lo que lo aliena y a lo que debe renunciar para cumplir con su propio fin. El grupo de TFP se ofrece para ser un lugar de acogida, donde se recojan ciertos aspectos negativos de la transmisión. Con este propósito viene a tomar el lugar del eslabón faltante en la genealogía familiar.

 

1.   En principio como  lugar de depósito de los fragmentos esparcidos de una historia olvidada, censurada o no transpirada, de elementos negativos errantes y en búsqueda de continentes, de silencios, de rupturas, de proyecciones violentas, o de formaciones más elaboradas de contenidos  negativos tales como criptas, fantasmas o secretos.

Todo este «material» es depositado, proyectado en el espacio del grupo, movilizado por el dispositivo, el encuadre, poniendo a prueba su capacidad de continencia, su solidez, su viabilidad y su fiabilidad. Todos nosotros tenemos ejemplos de estas sesiones del inicio de terapia donde el encuadre y los terapeutas son expuestos a daños, expuestos a la prueba de ataques destructivos más o menos violentos, sustento afectado para mantener la permanencia del encuadre y la integridad psíquica de los terapeutas. Nosotros estamos presos en la regresión, en el ligamiento de lo negativo.  La transmisión directa sin separación de los elementos no pensables, no simbolizables, se repite en el neo – grupo, privando a los terapeutas de su capacidad de pensar, de sus facultades asociativas. Olvidos, censuras, prohibiciones infiltran la transferencia y la contratransferencia. Esta modalidad de transmisión puede también prestar las vías de pasaje de un cuerpo al otro, en una indiferencia somato-psíquica, revelando en los terapeutas, aún los más advertidos, las sensaciones (fatiga, somnolencia, excitación…), emociones, sufrimientos sin objeto.

Un breve ejemplo (el que ya he tenido la ocasión de citar anteriormente) puede sensibilizarnos con ciertos aspectos negativos de una transferencia genealógica precoz: se trata del olvido que se manifiesta en la contra- transferencia.

 

La TFA, en su comienzo, de la familia de Audrey, niña autista de cuatro años, retoma después de una interrupción por vacaciones. Reunida la familia, yo le deslizo a mi coterapeuta: “Yo no recuerdo para nada esta familia; es un completo agujero. Cuento contigo!”, y yo no me sentí más culpable…

Desde el comienzo de la sesión, la hermana mayor se pone a dibujar, o sobre todo a garabatear rabiosamente una hoja con la goma de borrar (ella no quería venir). El padre nos cuenta la aventura siguiente: durante las vacaciones, estando la familia en la play, de pronto, Audrey se escapó. Enloquecieron. El padre y la madre partieron en su búsqueda, cada uno para un lado. La madre pide a las personas ayuda para buscar a su hija y le responden: “¡No la conocemos, entonces no podemos ayudarla!”; lo que la perturba. El padre nos dice: “En principio yo pensé que si Audrey fue hacia el mar, ha debido ahogarse, por lo que es inútil buscarla en el agua”. Él recorre la playa y se siente invadido por una duda: “Hay tantas niñas pequeñas que yo no voy a reconocerla, aún si ella está delante de mí”. Él tiene entonces un sentimiento muy angustiante: piensa no tener ningún recuerdo de su hija, ninguna representación y teme pasar a su lado sin verla. Esto es perturbador. Por supuesto la hijita es reencontrada.

Durante ese tiempo, la hermana mayor a hecho su dibujo sobre la hoja donde compulsivamente ha utilizado el borrador: es un barco muy bonito sobre el mar, pero un gran círculo blanco como un agujero ocupa su casco; a pesar de su insistencia el color no ha dejado rastros en el sitio marcado por el borrador.

A partir de esta aventura y de esta sesión pudo comenzar a decirse lo que probablemente ha constituido mi pensamiento anticipado: la ausencia de inscripción de Audrey en la familia y en una filiación. Es en el borrado de mis recuerdos y mi olvido lo que ha venido a expresar el “agujero” ofrecido como único lugar para Audrey, respecto de lo cual, hemos dicho que el embarazo y el nacimiento fueron “sin historia”.

 

2.   El espacio del grupo de TFP es también el lugar de acogimiento de lo que he tenido la ocasión de llamar los «objetos brutos». Un cierto tipo de material, encontrado específicamente en el espacio terapéutico desde las primeras sesiones y completamente particular, esto es identificable. Esto es lo que propongo llamar “objetos brutos”. Se trata de palabras o expresiones empleadas de forma repetitiva por los miembros del grupo familiar, no encontrando ni lugar ni sentido en la cadena asociativa grupal de la familia. Estas palabras, estas expresiones, a veces cifras o sílabas repetidas, pero también actos y comportamientos carentes de sentido y fuera de situación, salpican el discurso familiar, lo interrumpen y perturban su curso, sin remitir a una construcción en el grupo ni conducir a nada. Pero también, y esto es peculiar, ellos requieren nuestra atención, viniendo a inscribirse tal cual en nuestra escucha y nuestra memoria, repetitivos, hostigando e importunando nuestra atención y no pudiendo encontrar lugar en nuestra propia cadena asociativa. Este tipo de material, los objetos brutos, están en relación con los procesos primarios en el grupo. Ellos parecen – es mi hipótesis- hacer irrupción de esta parte del inconsciente puesta en común y fusionada del grupo familiar, del nivel transubjetivo del grupo, de lo que forma el fondo o envoltura del grupo, de lo que se conoce las relaciones con la genealogía, restos de una comunicación primitiva, directa y sin una interpretación del mensaje. Y es al aceptar ser el receptor de este tipo de comunicación primitiva que el terapeuta podrá constituirse punto de anudamiento, porta voz de la cadena asociativa grupal.

Nacidas del nivel sincrético del grupo, estas partículas aisladas y sin sentido son proyectadas en la psique del terapeuta quién deviene el “captor”, receptor, depositario. Se trata allí de una actualización en la situación analítica de aquello que reenvía al pasado. En un movimiento de difracción y proyectivo, estos elementos son depositados en la psique “contenedora” del terapeuta, constituyendo en mi opinión una de las primeras manifestaciones de la transferencia en TFP. El ataque a las ligaduras psíquicas y a la capacidad asociativa del terapeuta marca los procesos de identificación proyectiva en juego en este tipo de transferencia que se la puede llamar “transferencia genealógica”. El requerimiento de objetos brutos, su simbolización, su inscripción en una cadena de sentido, depende de la posibilidad para el terapeuta de transformarlos en los que registran otro “discurso” grupal: aquel, complejo, que él tiene, con todo lo que hace de él su ser terapeuta.

Es así, y la clínica de TFP me lo confirma cada día, que se manifiestan ciertos aspectos de lo negativo de la transmisión psíquica en el espacio de la cura. Estos fragmentos sin sentido, sus rastros sin memoria de una impensable historia son proyectados en el espacio receptivo del grupo, pero vienen a perturbar el tejido asociativo y la elaboración de una cadena de sentido. A veces son objetos concretos o actos que tienen esta función al inicio de TFP.

En este tiempo de la TFP y con este tipo de material, es ante todo un trabajo constante de contener y retener estos fragmentos dispersos, carentes de sentido y potencialmente traumáticos y no ligados, que los terapeutas tienen que asegurar. En estas sesiones sentidas y en trozos que dificultan nuestra capacidad para relacionar exponiendo nuestras capacidades comunicativas y nuestras cualidades psíquicas, se trata ante todo de conservar sin tocar, es decir, guardar en la memoria esos elementos difractados. El espacio del grupo y los terapeutas se vuelven el lugar de depósito de lo negativo transgeneracional, lugar de memoria, lugar donde se guarda lo negativo. Es una función de para – excitación que es ante todo, entonces, la función terapéutica. Esta función no puede ejercerse si ella no se acompaña por parte de los terapeutas de una capacidad de representación suficiente, que permita metabolizar los interjuegos violentos. Esta capacidad de representación que será puesta a operar en un segundo tiempo terapéutico está ya presente en la psique de los terapeutas, por la intermediación de su propio trabajo de análisis, apuntalada por su filiación psicoanalítica.

El grupo de TFP aparece como un lugar de depósito, un lugar receptáculo donde se actualiza y se memoriza la amnesia, un lugar donde se construyen ciertos continentes de negatividad.

 

Yo evocaré aquí algunos elementos de la breve terapia emprendida con la familia de Jane: esta niñita de dos años, parecía tener un buen desarrollo psicológico, había venido acompañada por sus dos padres por los “terrores nocturnos” fuertemente perturbadores y de los cuáles no la podían calmar, la niña parecía “fuera de ella”. Ella era la única hija y la última de una fratría de cinco. Los padres eran de origen extranjero diferente. En la primera entrevista, queda expuesta la cuestión del idioma familiar, así como la forma de hablar y nombrar en familia las crisis nocturnas. Es la palabra “miedo” la que se retiene y se descarta la palabra “terror”. En las entrevistas siguientes a las cuales los hermanos de Jane participan, la niña que no hablaba aún se pone a dibujar y enseguida aparece un enorme garabato negro hecho sobre una misma hoja por Jane y su hermano más chico. Asombrados todos, pues en esta familia son “artistas” y los hijos dibujan particularmente bien. Yo propongo retener “en mi informe” ese gran garabato “negro como un miedo”. Cada uno se pone entonces a hablar de sus miedos, y el padre en un momento de gran emoción, evoca un período negro de su vida del cuál él no hablaba, donde el terrorismo reinaba en su país. En un atentado, cuando él tenía doce años, él perdió a su madre, un hermano y sobretodo a su querida hermanita pequeña. Yo le propongo contención para esta catástrofe revivida y poco después el padre empieza un trabajo personal con el que pudo recuperar lo que le pertenecía, liberando a Jane de esta pesada carga.

 

La construcción de ciertos contenidos negativos es de orden grupal: numerosos fantasmas frecuentan nuestros escritorios y nuestros placares están llenos de secretos, nosotros lo sabemos. Estas formas transitorias, estas transformaciones grupales que pueden tomar diferentes aspectos van temporalmente a permitir contener ciertos silencios, no-dichos o elementos no mentalizados: es ante todo un contenido, un soporte, lo que busca lo negativo errante. Forma de lo innombrable, velo delimitante del vacío, son estas construcciones grupales que pueden volverse “objetos de relación” en el grupo y encontrar  lugar en una cadena asociativa y “objetos de transmisión” permitiendo que bajo las modalidades objetales sea transmitido lo negativo.

 

Yo ya he tenido la ocasión de recordar la historia de la «Familia Tabouret». Esta familia que venía a consultar por los problemas de comportamiento del menor de los hijos, dijo desde la primera sesión: “Él es un taburete agitado”. Este taburete toma la forma de pequeñas sillas, material de la habitación durante las sesiones, sirviendo en diferentes situaciones peligrosas, siempre desordenadas e inadaptadas, importunando el trabajo terapéutico y la psique de la terapeuta.  Después un agujero, un silencio, un gran vacío depresivo se instala en el centro del grupo, del fondo del cual aparecen algunos muertos anónimos y sin sepultura que parecen velados. Estos fantasmas me fueron ofrecidos así como algunos dibujos de ataúdes donde yo creí reconocer grabadas mis iniciales. Pero no se supo jamás qué cosa, en el origen, reinó sobre el “taburete”.

 

Está seguido de un trabajo de ligadura, un entretejido asociativo, lo que los terapeutas son animados a realizar con todo el material transgeneracional depositado y recogido. Reunir, poner en conjunto, asociar lo que está allí pero sin ligar es un trabajo específico. Y nosotros sabemos cuán difícil es a veces, presos nosotros mismos en la desligadura y la alienación.

Los ejemplos son numerosos y yo podría hablarles de esta pelota que surca el espacio y el tiempo de una TFP, rebotando y provocando, perturbando, violenta a veces, sin encontrar jamás lugar y sentido. Ello no era más que la manifestación de procesos primarios, la expresión irreducible de elementos negativos, los efectos de imposible transformación. Pero para todos nosotros esta pelota deviene la expresión externa de lo impensable. Se podía entonces hablar de lo indecible, se lo llamaba “la pelota”.

Entonces, y a este precio, en la sucesión de las sesiones, el espacio – tiempo del grupo se volverá una escena de representación. El trabajo de ligadura que se hace entre palabras, sensaciones e implicaciones de los cuerpos permite que se jueguen desde los escenarios. La función del terapeuta es la de saber recoger y asociar este material, renunciando momentáneamente a darle un sentido. La TFP es un teatro donde se vuelve a jugar la genealogía. ¿Cuál es el rol del psicoanalista? ¿Podrá él aceptar que los secretos sean mantenidos para con él, o ser aquél que sabe y que se calla, pero también ser en la transferencia, el Ancestro perturbador, perseguidor, peligroso o idealizado?

 

3.   Finalmente, el neo-grupo podrá devenir un espacio de elaboración, el lugar donde se va a decir, escribirse una otra historia, aquella de la TFP, con sus secretos sobre sus orígenes y sus mitos contenedores.

La recorrida por la cadena asociativa del psicoanalista va a permitir que un sentido advenga, gracias a los reencuentros de sus propios recuerdos desvanecidos, de sus emociones escondidas, de esta intimidad de su propia infancia y de su historia, de sus escenarios a veces prohibidos de recordar y que irrumpen y sirven de “captadores” de las prohibiciones y los silencios transgeneracionales.

Es este trabajo del terapeuta el que se ofrece a recoger y transformar ciertas formaciones negativas que, en la alianza terapéutica del grupo y los vínculos de la transferencia favorecerá la reorganización y la elaboración de lo que había quedado en suspenso. En esta nueva historia, podrá nacer un niño pero este tiempo terapéutico no puede advenir más que si las etapas precedentes han sido posibles (recepción, depósito, creación de contenidos de negativo transfero-contra-transferencial, representación). Esta creación de una historia de la terapia no debe ser confundida con los eventuales reencuentros «sherlockolmescos» de la historia «verdadera» de la familia. Respecto de aquélla, nosotros debemos hacer el duelo.

 

 

Transmisión y contra-transferencia


Yo terminaré por algunos elementos concernientes al trabajo específico en TFP, que corresponde al análisis de los que, desde sus formaciones, procesos y efectos de la transmisión psíquica transgeneracional, están puestos en juego en el campo de la contra – transferencia y que funda nuestro lugar y nuestras interpretaciones. Nosotros lo hemos ya evocado a lo largo de este trabajo.

 

1. Nosotros hemos insistido sobre la importancia para los terapeutas de poder tolerar los silencios, suspensiones, vacíos de pensamiento, ausencia de sentido. En este trabajo de recepción de elementos negativos, ciertas zonas psíquicas del psicoanalista son puestas a disposición y utilizadas. Esta puesta a disposición demanda un cierto grado de borrado de las defensas normales.

Al hacernos “captores” de lo negativo transgeneracional, aceptando ser el lugar donde se expresa lo intolerable e imposible, nosotros aceptamos que sean tocadas las partes más profundas de nuestra psique, del lado de las construcciones psíquicas secundarias que nos constituyen. Y están en eco en nosotros y por nosotros, en nuestros propios impensados, incomprendidos, no sabidos, silencios hasta aquí contenidos y desviados que va a manifestar este suspenso a no poder saber, no poder decir, en una colusión narcisista. “Yo no comprendo nada; yo soy incapaz” y otras fórmulas deben alertarnos sobre este imposible que se dice en nosotros, cualquiera sea el daño sufrido por nuestro narcisismo.

 

2.  Después en ciertos momentos, en efecto, el terapeuta va a devenir el lugar de una actividad psíquica particular (y yo remito allí a ciertos trabajos de Michel de M'Uzan sobre este tema). Él se ofrece a probar, re-sentir, decir las sensaciones, las imágenes, las palabras que no parecen ser las suyas sino las de un otro y que en algún modo el acapara, poniendo así a disposición su aparato psíquico para recibir, aceptar lo que se dice en él y no apartarlo. Nosotros devenimos así la hoja en blanco sobre la cual vienen a depositarse las primeras huellas de un pictograma.

 

3. Entonces las imágenes, escenarios, personajes más o menos familiares van a hacer irrupción en nuestros pensamientos, se nos imponen, sin relación aparente con el desenvolvimiento de la sesión. Esta intrusión nos sorprende en el momento en que nosotros menos nos esperamos pero en un compromiso emocional y una situación perceptiva agudizada que muestra bien que no se trata de una construcción mental ni de la emergencia de un sentido posible, sino sobre todo del surgimiento en nosotros y bajo esta forma de cualquier cosa que viene de «otra parte» o de profundidades y que se [re]-presenta allí y se impone.

Estos primeros momentos de la contra-transferencia corresponden a un estado psíquico de co- excitación con levantamiento de ciertas barreras defensivas, aquellas en particular que organizan nuestra contra-transferencia en respuesta a la transferencia. Este estado implica una permeabilidad de nuestra psique, una pérdida de las señales individuales y de la para-excitación que representa la Teoría. Sólo la disponibilidad de nuestras capacidades de representación nos permitirá metabolizar allí las interrelaciones violentas. ¿Estas manifestaciones vienen de la familia o del analista? Yo diré de los dos en conjunto, del aparato psíquico constituido en conjunto.

 

4. Muchos autores han señalado e intentado comprender estas manifestaciones contra-transferenciales incomprensibles, que aparecen en la cura individual (imágenes, pensamientos... en relación con el tipo de dispositivo); León Grinberg en particular habla de «contra-identificación proyectiva». En TFP, se trata de lo que yo había llamado los «recuerdos flash», escenarios incongruentes, recuerdos más o menos olvidados, fragmentos de nuestra historia o de aquella de nuestros ancestros, que vuelven y se imponen, fuera del contexto de lo que se dice en sesión. La historia indecible de la familia viene a decirse en la historia familiar del psicoanalista. La genealogía de la familia a veces irrumpe aquella de los terapeutas.

¿Cómo el psicoanalista se presta a recibir ese material? Probablemente aceptando re visitar las experiencias escondidas,  inconfesadas de su infancia, aceptando reencontrarlas con sus propios recuerdos desvanecidos, a veces prohibidos, aceptando explorar en los archivos familiares. Recuerdo el trabajo de J. C. Rouchy. Poder dejarse llevar por tales pensamientos o imágenes fugaces, tolerar la intrusión, la efracción en nuestro sistema de pensamiento, el pasaje intempestivo, la incongruencia: esta es una de las dificultades pero también una de las necesidades de nuestra función terapéutica! Todos estos escenarios van a  servir de intermediarios y de captores de las prohibiciones y los silencios transgeneracionales de la familia, en este trabajo de la contra-transferencia, en esta aceptación y esta disponibilidad de nuestro aparato psíquico. Una inquietud sin embargo: se trata de dejarse  penetrar, pero cómo administrar la salida de este estado vivido como amenazante por el psiquismo de los terapeutas y nuestros pensamientos profesionales; nuestra preocupación es volver como antes! Es decir reencontrar nuestra para-excitación, nuestra individualidad, nuestra integridad psíquica. Puede ser allí, en mi opinión, que se sitúen, para algunos de nosotros, nuestras imperiosas tentativas de teorizar...

Cuando los límites de la psique del psicoanalista se desdibujan, cuándo las fronteras del Yo se borran, cuando un cierto rigor en relación con la neutralidad del psicoanalista desaparece, se piensa, se dice, se sueña en sí...

¿Cómo librarnos de esta aventura genealógica a la cuál ellas nos invitan? ¿Qué decir de estos registros en nuestros desvanes familiares y de los descubrimientos que allí hicimos? Puede ser en el trabajo de reminiscencia y el tejido asociativo que él nos impone en la situación contra-transferencial que se encuentra la fuente de nuestras intervenciones y de nuestras interpretaciones. Nosotros accedemos, en estos escenarios contra-transferenciales a una versión posible de lo que no pudo decir la familia, al eslabón faltante de su historia; lo que es aquí confirmado por la represión de las asociaciones en el grupo y la emergencia, a veces, del lado de la familia, de un recuerdo olvidado o perdido, cargado de emociones. El pensamiento del psicoanalista no ha hecho más que anticipar el recuerdo y su enunciado.

Y es necesario que nosotros tengamos algunos duelos en suspenso, algunos secretos inconfesables, algunos silencios transgeneracionales, algunos fantasmas errantes, para hacer este trabajo imposible



 

Traducción del francés Lic. Irma Morosini

La elaboración del tiempo genealógico en el ámbito de la terapia familiar psicoanalítica
Este texto ha sido publicado en la Revue de Psychothérapie Psychanbalytique de Groupe, Nº 22, 1994, Francia.